Cuando Leonardo llamó a Rafael, lo primero que le dijo fue:
—Rafael, ¿todavía quieres a tu esposa o no?
Rafael no entendía a qué venía la pregunta y torció el gesto con impaciencia.
—¿Y ahora qué quieres decirme?
¿Qué más tenía que hacer por Vanessa para que reconocieran que se esforzaba y la valoraba? Leonardo ignoró su tono y respondió, molesto:
—Para mí que ya no la quieres. Y si de verdad ya no la quieres, perfecto. Hazte a un lado y déjale el camino libre a Rodrigo. —Suspiró—. Mira qué oportuno. Acaba de llevársela en brazos y quién sabe adónde. Ah, y Vanessa estaba borracha...
Leonardo aún no terminaba de hablar cuando la llamada se cortó. Furioso, Rafael salió del hospital y le dio una orden tajante a Ricardo:
—Averigua dónde está la señora.
Al ver su expresión, Ricardo se alarmó. ¿Otra vez había pasado algo? En menos de cinco minutos, Ricardo ya estaba al volante. Cuando recibió la ubicación, miró a Rafael por el retrovisor.
—Señor Cisneros, ya la ubicamos.
—¿Dónde?
De pronto, Ricardo se quedó callado y titubeó.
—¡Habla!
Rafael estaba tan furioso que parecía capaz de soltarle un puñetazo en cualquier momento. Ricardo ya no pudo callarse; se armó de valor e informó:
—En el Hotel Puerto Marfil.
Nada menos que en el hotel de siete estrellas del propio Grupo Firax. ¡Perfecto! De maravilla.
A Rafael se le entristeció la cara.
—¿Y qué esperas para ir?
El grito de Rafael casi le revienta los tímpanos a Ricardo. Sin perder tiempo, pisó el acelerador a fondo. Este trabajo se ponía cada vez más difícil.
Rafael no tardó en llegar a la puerta de la habitación del hotel. Ricardo le entregó la tarjeta de acceso y no se atrevió a hacer nada más.

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