Rafael flexionó los dedos de nudillos marcados y dirigió una mirada inescrutable a Vanessa.
—¿Sospechas de mí?
—Con todo lo que está pasando, no se me ocurre quién pudo hacerlo ni con qué fin —respondió Vanessa para sondearlo.
A su juicio, aquello no parecía propio de Rafael. Sin embargo, todo era demasiado extraño y quienquiera que lo hubiera hecho no obtendría ningún beneficio. ¿Intentaba dañar su imagen y hundir al Grupo León?
¿Cómo iba a lograrlo con un solo rumor de romance? Aun así, no lograba imaginar quién estaba detrás de todo. Rafael alzó un poco el mentón y respondió:
—Claro que no perdería el tiempo haciendo algo así. ¿Qué? ¿Temes que me aferre a ti y me niegue a divorciarme?
Vanessa rio con desprecio.
—¿Dije que quería divorciarme?
Rafael se quedó atónito. ¿No quería divorciarse? La miró sorprendido, pero antes de que pudiera pedirle una explicación, el chofer anunció:
—Señor Cisneros, llegamos.
El auto ya se había detenido. Vanessa bajó enseguida. Rafael también salió y se acercó a ella. Entraron juntos a la casa con una coordinación perfecta. Antonio se alegró al verlos entrar y, sobre todo, de volver a ver a Vanessa.
—Si no te llamo, no vienes a verme. Ya te extrañaba muchísimo. Qué bueno que volviste. Ven, come algo. Últimamente refrescó y el clima está seco; te hará bien.
La familia Cisneros contaba con un nutriólogo encargado de supervisar la rutina y la alimentación de Antonio. En los últimos días, su salud había mejorado gracias a la dieta terapéutica.
—Cuando tenga oportunidad, le pediré al médico de la familia que también revise a mi viejo amigo Roberto. A su edad, ya debería cuidarse más.
A Vanessa le pareció una buena idea y aceptó en nombre de su abuelo. Durante la comida, Antonio no dejó de servirle, pues temía que se quedara con hambre.

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