—Bien. ¡Muy bien!
Édgar, tan furioso que no pudo decir nada más, señaló a Rafael.
Los teléfonos de los accionistas comenzaron a sonar uno tras otro con alertas de noticias de última hora. Después de leerlas, todos se entusiasmaron y sintieron una admiración y un respeto renovados por Rafael.
Había resuelto la crisis con facilidad. Con esa aptitud para manejar los problemas, ¿cómo se atreverían a enfrentarlo? Alexis terminó de leer la noticia. Se tambaleó y retrocedió varios pasos.
Se acabó.
Todo se acabó.
—¡Rafael! Yo... ¡Cómo me arrepiento de haberte dejado con vida!
Édgar estaba fuera de sí. Tenía los ojos rojos y parecía una bestia enfurecida.
—¡Maldito! ¿Sabes lo que estás diciendo? —Antonio, furioso, lo señaló y lo insultó.
¿Cómo era posible que tuviera un hijo así? ¡Era una vergüenza!
Sin embargo, cuando se alteraba, sufría violentos ataques de tos. Se puso rojo y parecía no poder respirar. Vanessa se apresuró a darle palmaditas suaves en la espalda para tranquilizarlo, pero sentía mucha pena por Rafael. Nunca lograba entender por qué Édgar era tan cruel con él.
Rafael mantuvo una actitud tensa e inescrutable. Lo miró con dureza y soltó una risa de desprecio.
—Cuanto más me odias, más lástima me das.
Luego recorrió a los presentes con la mirada.
—Salgan todos.
Su voz grave no admitía objeciones. Todos se levantaron y salieron. Vanessa ayudó a Antonio a ponerse de pie y miró a Rafael con preocupación.
—Rafael...
Quería decir algo, pero no le salieron las palabras. Rafael le sonrió con ternura.
—Tranquila, no pasará nada. Ve con el abuelo y espérame.
Vanessa asintió.
Antonio estaba tan indignado que ya no quería hablar. Miró a Édgar con decepción y salió sin decir nada.
Vanessa lo sostuvo del brazo. Alexis no quería salir, pero al ver que Vanessa y su abuelo se marchaban, apretó la mandíbula y los siguió. La situación puso nervioso a Édgar.

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