—¿Eso es lo que pensabas?
La sombra en la mirada de Rafael se disipó, y hasta se le notó un poco de emoción en la voz.
Al escuchar la explicación de Vanessa, sintió que se le quitaba un peso de encima.
Como Rafael tenía los párpados caídos, Vanessa no notó el cambio en su mirada; por el tono de voz, solo parecía algo entusiasmado.
—Desde que empezó la investigación, en cuanto confirmé que no tenías nada que ver con esto, no quise que te involucraras. Después de todo, es tu mamá; no quería ponerte en una situación difícil.
Vanessa le dijo lo que sentía de corazón. Por un lado, no quería que la malinterpretara. Por otro lado, Rafael la trataba bien y no quería decepcionarlo. Respetaría lo que él decidiera hacer de ahí en adelante.
Rafael sonrió y le apretó la mano con más fuerza.
—De ahora en adelante no vuelvas a hacer esto. No me gusta que te quedes callada.
Vanessa se conmovió. ¿Entonces no estaba molesto con ella? Creía que le iba a reprochar haberle ocultado las cosas y haber actuado por su cuenta contra su madre.
Nada de lo que temía sucedió. Emocionada, asintió con fuerza.
—Está bien.
Rafael acababa de despertar y todavía estaba muy débil; el médico le había recomendado hablar poco y descansar mucho.
Pero estaba de buen humor y, haciendo un esfuerzo, conversó largo rato con Vanessa, hasta que el cansancio lo venció; no logró mantener los ojos abiertos y volvió a quedarse dormido.
Vanessa tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar. Al verlo dormido, sonrió y se sintió más aliviada que nunca. El asesinato de su padre ya estaba esclarecido; todos los culpables estaban presos, a la espera del juicio. Y la barrera que se interponía entre ellos también parecía haberse desvanecido en ese momento.
Vanessa se levantó, se inclinó y le dio un beso en los labios antes de salir de la habitación.
El abuelo Antonio estaba sentado en una de las sillas de espera del pasillo, con las dos manos apoyadas en su bastón de madera fina y vestido con un traje gris. Aunque descansaba con los ojos cerrados, se mantenía erguido, con un aura que imponía respeto sin necesidad de mostrar enojo.
Jacinto, el mayordomo, la vio salir y le dijo en voz baja a Antonio:
—Jefe, la señora Cisneros ya salió.
Antonio abrió los ojos de pronto y miró hacia Vanessa. A Vanessa se le detuvo el corazón. Esta vez la familia Cisneros enfrentó una crisis sin precedentes que puso en peligro a todos sus miembros.

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