—¿A qué viniste?
Bianca se apresuró a cerrar la puerta para evitarlo. Sergio sujetó el marco con fuerza y metió el pie para impedir que la cerrara. Entró con su figura alta y erguida, y su presencia se cernió sobre ella.
—¿Por qué tomaste tanto?
Sergio habló con calma, con un tono de preocupación. A Bianca le ardía la cara, sofocada por el calor.
El alcohol hacía estragos y le amplificaba las emociones; ya de por sí estaba furiosa con él, así que levantó los brazos y le dio un fuerte empujón.
—No te incumbe. Vete… Te dije que no te metieras conmigo y no quisiste escuchar. ¿Sabes qué? ¡Te detesto!
Sus manos cayeron una y otra vez contra su pecho. Aunque descargó toda su fuerza, los golpes no lograron mover a Sergio ni un milímetro.
—Tomar tanto y alterarte así le hace daño al corazón.
Sergio la dejó golpearlo, pero, preocupado de que semejante alteración perjudicara su salud, la envolvió en un abrazo.
—Cálmate. Si quieres pegarme, déjalo para otro día.
—¡No me toques!
Bianca lo apartó de un empujón y caminó hacia el interior. Sus pasos eran torpes e inestables, y avanzaba en zigzag. Al final llegó al sofá de la sala principal, donde el celular no dejaba de sonar.
Era otra vez Joel; el repique constante reflejaba la urgencia con la que insistía. Bianca se sentó sobre la alfombra, tomó el celular y contestó.
—¡Bianca! Por fin respondes. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
Joel preguntó con prisa, y en su tono se notaba su preocupación.
De no ser porque en ese momento se encontraba fuera de la ciudad, ya habría ido a buscarla a su casa.
Jamás imaginó que alguien fuera a publicar las fotos de aquel día. Aunque hacía unas horas la agencia de modelaje de Bianca ya había emitido una notificación legal, en internet todavía había muchos usuarios atacándola. El tema perdió fuerza luego de que lo retiraran de las tendencias, pero no faltaban mirones que seguían haciendo ruido.
Era obvio que alguien manipulaba la conversación desde las sombras; los comentarios acusaban a Bianca de ser una amante, afirmaban que era una vividora reincidente y salían en defensa de Andrea.
—Estoy en casa, no...

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