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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 982

—Precisamente por personas como tú, que le hacen el juego al abusador, Bianca la pasa tan mal. Como madre, ¿alguna vez te dolió verla sufrir? ¿No tienes bien claro qué clase de marido tienes y todo lo que Bianca hizo por la familia? Dionisio es despreciable, ¡pero tú eres peor!

Vanessa se interpuso frente a Bianca y encaró a Marta para soltarle todos esos reclamos. Eran palabras que quería decirle desde hacía muchos años.

Una mujer como Marta daba lástima, pero también rabia. Soportaba toda clase de maltratos y recibía golpizas de su marido sin saber defenderse; sin embargo, en vez de rebelarse, lo ayudaba a exprimir a su hija.

Vanessa estaba furiosa y deseaba darles un buen escarmiento a los dos en ese momento. Hizo una seña con la mirada y los guardaespaldas levantaron a Dionisio en vilo. Aunque Dionisio medía por lo menos un metro setenta y tantos, ante el escolta no era más que una cría de mono indefensa.

—¡Este es un asunto familiar y no tiene nada que ver contigo! —gritó Dionisio—. ¡Quítate o llamo a la policía! Toda esta gente está mirando y puede testificar que tus empleados me están agrediendo.

Dionisio se puso aún más insolente y señaló a Bianca con el dedo para reclamarle:

—¡Bastarda! Te aliaste con extraños para tratar así a tus padres. ¿De qué te sirvió estudiar tanto? Te advierto que, si no me das el dinero, voy a ir con la prensa a exhibir la clase de bastarda que eres.

Bianca permaneció indiferente. Hacía mucho que se había vuelto inmune a esa clase de amenazas. Aunque fueran sus padres, sabía mejor que nadie que solo eran cobradores de deudas y que jamás le darían ni un poco de cariño.

—¡Si tienes miedo, haz la transferencia! En cuanto reciba el dinero, me voy. Bianca, me parece que no quieres que todo el país se entere de que eres una bastarda.

El padre de Bianca insistió, altivo y descarado.

Vanessa estaba furiosa y estuvo a punto de insultarlo, pero Bianca la detuvo del brazo. Vanessa ya había hecho demasiado por ella; con tanta gente de testigo, Bianca no quería que se metiera en problemas. Cuando Bianca se disponía a hablar, una voz fría y mordaz la interrumpió:

—Rodéenlo. Que no se escape.

Vanessa y Bianca se quedaron pasmadas. La multitud se abrió para darle paso.

Sergio se acercó con porte elegante, vestido de blanco. A pesar de su elegancia habitual, en ese momento emanaba una hostilidad contenida.

—¿Qué haces aquí?

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