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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 735

—...Tuvo una vida llena de altibajos; conoció el éxito, pero también cometió errores. Se pasó la vida pidiendo perdón a sus seres queridos y al final murió víctima de la enfermedad... Que en el cielo no haya dolor y que en la otra vida no vuelva a equivocarse...

Estefanía sentía un zumbido constante en la cabeza y tenía los oídos tapados, como si trajera algodones. La persona en el estrado había dicho muchas cosas, pero solo frases sueltas lograban colarse en su entendimiento.

Al terminar, el hombre levantó la cabeza de golpe y, al ver a Estefanía, su expresión cambió drásticamente. Bajó a toda prisa y caminó hacia ella.

—Fani. —La tomó por los hombros, frunciendo el ceño al ver su rostro bañado en lágrimas.

Por encima del hombro de él, con la vista borrosa, Estefanía vio cómo los demás asistentes se levantaban de sus asientos. Uno por uno, pasaban al frente para dejar una flor sobre el ataúd. Entre ellos, distinguió una figura familiar: era el dueño del hotel irlandés que había conocido antes.

—Fani... —Al ver la mirada perdida de ella, intentó abrazarla para consolarla.

Estefanía lo empujó con fuerza para separarse y preguntó con voz ronca:

—Gilberto... dime, ¿quién es el que está ahí acostado?

Gilberto movió los labios, pero no se atrevió a pronunciar el nombre.

—¿Qué haces aquí? ¿Quién se murió para que tú des el discurso como familiar? Gilberto, contéstame. Si eres su familiar, tiene que ser alguien que yo conozca, ¿verdad? ¿Es así o no?

Una pregunta tras otra, acorralando a Gilberto sin dejarle escapatoria.

—¡Gilberto, habla!

Gilberto cerró los ojos un instante.

—Perdóname, Fani...

Estefanía negó con la cabeza.

—No, tú no tienes que pedirle perdón a nadie. Eres el mejor hermano del mundo. Yo solo... solo quiero saber quién está ahí adentro.

Gilberto respiró hondo.

—Es... es Benicio.

—Hazle caso a tu hermano, ¿está bien?

Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de ella.

Sí, le haría caso. Pasara lo que pasara en este mundo, ella siempre, siempre le haría caso a su hermano.

La iglesia se fue vaciando poco a poco. El último en salir fue el dueño del hotel, quien miró a Estefanía con cierto aire de culpa.

—Como no sabíamos cuáles son las costumbres funerarias del Estado Soberano de San Mateo, lo hicimos según la tradición irlandesa —se disculpó el hombre ante Gilberto y Estefanía.

Gilberto se apresuró a responder:

—Estamos muy agradecidos. Usted nos ha ayudado muchísimo estos últimos años.

El dueño del hotel sacó un sobre.

—El señor Benicio dejó una carta... —Miró a Estefanía—. El señor Benicio dijo que si esta dama se enteraba de su fallecimiento, se la entregara. Pero si nunca se enteraba, la carta jamás debía ver la luz. Ahora...

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