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El Contrato para Olvidarte romance Capítulo 143

El bar del Hotel Carlyle era un santuario de maderas oscuras, cuero suave y susurros ahogados. El aire olía a whisky de malta, a limones recién cortados y a dinero viejo. Era el tipo de lugar donde los secretos se intercambiaban con la misma facilidad que los apretones de manos, un territorio neutral perfecto para una conversación impía.

Seraphina eligió una cabina en la esquina más alejada, un pequeño nicho de terciopelo rojo que ofrecía la ilusión de privacidad. Se quitó el abrigo de cachemira, revelando un vestido de seda negro tan simple y caro que gritaba poder. Pidió un agua con gas con una rodaja de lima, sus manos, envueltas en finos guantes de cuero, temblaban ligeramente mientras colocaba su bolso en el asiento a su lado.

Marcus Sterling llegó diez minutos tarde, un calculado gesto de falta de respeto. No entró en el bar; lo invadió. Su presencia física, imponente y cargada de una energía depredadora, pareció absorber el oxígeno de la habitación. Llevaba una chaqueta de cuero negra sobre una camiseta gris, un atuendo que chocaba deliberadamente con la elegancia contenida del lugar. La cicatriz en su labio superior pareció tensarse bajo la luz tenue.

Se deslizó en el asiento de enfrente sin ser invitado, sus movimientos eran fluidos, como los de un gran felino. No saludó. Simplemente se reclinó, ocupando más espacio del necesario, y la observó.

Seraphina sintió una oleada de miedo puro y frío. El hombre que tenía delante no se parecía en nada al calculador y frío Julian. Este hombre era fuego y pólvora. Podía sentir la violencia latente bajo su piel, la impaciencia en la forma en que sus dedos tamborileaban sobre la mesa de madera pulida. Disfrutaba de su incomodidad. Lo saboreaba.

Un camarero se acercó, sus ojos evitando los de Marcus.

—Un Macallan 25. Solo —gruñó Marcus, su voz era una grava profunda que pareció hacer vibrar la mesa. El camarero asintió y se escabulló.

Marcus volvió su atención a Seraphina. Sus ojos grises, tan parecidos y a la vez tan diferentes a los de su hermano, la recorrieron. No con deseo. Con evaluación. Como un lobo midiendo el tamaño de su presa.

—Ha pasado mucho tiempo, Sera —dijo, usando su apodo de la infancia de una manera que sonaba como un insulto—. La última vez que te vi, llevabas lazos en el pelo y empujabas a otros niños de los columpios.

La sonrisa que le dedicó no llegó a sus ojos. —Veo que algunas cosas no cambian.

El whisky llegó. Marcus lo cogió, ignorando al camarero, y tomó un largo sorbo. El cristal parecía pequeño en su gran mano.

—Así que —dijo, dejando el vaso con un golpe sordo—. ¿Qué quiere la estrella de cine favorita de mi hermanito con un paria como yo?

Marcus se reclinó de nuevo, una ceja arqueada. Una chispa de interés genuino apareció en sus ojos por primera vez.

—La nueva mascota de Julian. Sí, he oído hablar de ella. Guapa. Aburrida.

—Ella es el problema —dijo Seraphina, su voz ahora era un susurro tenso, cargado de un veneno que ya no intentaba ocultar—. Se ha metido en su cabeza. Lo está debilitando.

Marcus la observó, su expresión era una mezcla de diversión y desdén. Dejó que el silencio se alargara, obligándola a continuar.

—Necesito que desaparezca de su vida —dijo finalmente. La frase quedó suspendida en el aire, desnuda y fea.

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