El eco final del cristal rompiéndose se desvaneció, dejando un silencio denso y polvoriento en la oficina devastada. Julian se quedó de pie en medio de los restos de su imperio, su pecho subiendo y bajando con respiraciones irregulares y profundas. El sudor le pegaba la camisa a la espalda.
La rabia, una tormenta roja y ciega, se había consumido a sí misma, dejando tras de sí solo las cenizas frías de una claridad aterradora. Miró el desorden a su alrededor: los monitores rotos, los documentos esparcidos, los trofeos de una vida de logros convertidos en basura. Y no sintió nada por ellos. Eran solo cosas. Objetos. Reemplazables.
Caminó lentamente, con cuidado de no pisar los fragmentos de cristal, hasta el inmenso ventanal. Apoyó la frente contra el frío cristal, el contacto con la superficie lisa y sólida fue un ancla en el caos de su mente. Abajo, la ciudad de Nueva York se extendía, un tapiz de luces indiferentes a su tormento. Una ciudad que normalmente dominaba, que se sentía como una extensión de su propia voluntad, pero que ahora se había convertido en un laberinto que ocultaba a su hermano y a su rehén.
Respiró hondo una vez. Luego otra. El pánico helado que lo había paralizado se había ido, reemplazado por un único y aterrador propósito que eclipsaba todo lo demás. La humillación, el dinero, el orgullo... todo se había vuelto irrelevante. Solo quedaba una ecuación, simple y brutal: la vida de Ava.
Se apartó de la ventana. Su rostro, que momentos antes había estado contraído por la furia, estaba ahora tranquilo. Pero era una calma diferente a la habitual. No era la calma del control, sino la calma de la rendición. La calma de un hombre que ha aceptado que debe sacrificar su reino para salvar su única razón de ser.
Cogió el teléfono de su escritorio, el único objeto que había sobrevivido intacto a su furia. Sus dedos, que ya no temblaban, se movieron con una rapidez decidida. Marcó un número memorizado, una conexión directa con las bóvedas privadas de un banco en Ginebra.
La llamada fue respondida al segundo tono. Una voz con un acento suizo, discreta y profesional.
—Hans, soy yo —dijo Julian, su voz era un susurro ronco pero firme—. Necesito cincuenta millones. En diamantes. Talla esmeralda, calidad D, sin imperfecciones. Sin marcar.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. —¿Señor Sterling? La logística de algo así...
—No hagas preguntas, Hans —le interrumpió Julian, su tono no dejaba lugar a la discusión—. No me importa cómo lo hagas. Consigue a los proveedores, vacía las bóvedas, soborna a quien tengas que sobornar. Tienes tres horas. Te enviaré los detalles de la entrega en un mensaje encriptado.
—Hazlo —ordenó Julian.
Colgó. La segunda demanda de Marcus había sido cumplida.
Se quedó de pie, solo en su oficina destrozada. El olor a ozono de los circuitos rotos llenaba el aire. Había cedido. Se había rendido a todas las demandas. Había sacrificado una fortuna y había destrozado su propio orgullo corporativo sin dudarlo un segundo.
Su imperio ya no importaba. La partida de ajedrez por el control de Atlas Corp. ya no importaba.
El pánico helado había dado paso a una única y aterradora prioridad. Una que lo definía todo. La vida de Ava.

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