La voz de Julian, tensa y rota al otro lado de la línea, era a la vez un salvavidas y una tortura. Era la prueba de que el mundo exterior todavía existía, pero también un recordatorio de lo infinitamente lejos que estaba. La mano de Marcus en su hombro era una jaula de carne y hueso, sus dedos se clavaban con una presión que era una advertencia constante.
—¿Ava? ¿Estás ahí? ¿Estás herida? —repitió Julian, la desesperación en su voz era tan palpable que le rompió el corazón.
El guion. Sigue el guion.
—Estoy bien, Julian —dijo Ava. Su voz salió, un milagro de autocontrol. Temblaba, pero era clara. Cada sílaba era un acto de desafío contra el terror que amenazaba con ahogarla.
Marcus se inclinó más cerca, su aliento fétido a whisky rozándole la mejilla. —Dile que coopere —le susurró al oído, la orden era un gruñido bajo.
Ava respiró hondo. El aire de la celda olía a humedad y a miedo. Tenía una oportunidad. Una sola. Una fracción de segundo para cambiar el curso de su destino, para plantar una semilla en la mente del único hombre que podría entenderla. Su mente, afilada por el terror, trabajó a una velocidad vertiginosa. No podía decir una ubicación. No podía gritar pidiendo ayuda. Tenía que ser algo más. Un recuerdo. Un secreto compartido.
—Julian... —comenzó, su voz imbuida de una vulnerabilidad ensayada, la voz de una mujer aterrorizada obedeciendo a sus captores—. Por favor, solo coopera con él. Haz lo que te pida. No hagas nada precipitado.
Hizo una pausa, la más larga de su vida. El silencio en la línea era absoluto. Podía sentir la tensión de Marcus a su lado, la impaciencia en la forma en que sus dedos se flexionaron sobre su hombro.
—Buena chica —gruñó, una nota de aprobación en su voz.
Se enderezó y se dirigió a la puerta de la celda. No tenía ni la más remota idea de lo que ella acababa de hacer. No sabía que las dos palabras que acababa de descartar como un desvarío sin sentido eran un misil teledirigido, lanzado desde la oscuridad de una celda en el Bronx y dirigido directamente al corazón de un recuerdo olvidado en la mente de su hermano.
Marcus colgó la llamada, el clic del teléfono fue definitivo. Salió de la celda, el sonido del pesado cerrojo deslizándose en su sitio resonó en la oscuridad.
Ava se quedó sola. El eco de su propia voz, de su propia y desesperada apuesta, era lo único que llenaba el silencio. Había lanzado el dado. Ahora, solo podía esperar y rezar para que, a kilómetros de distancia, Julian hubiera entendido el mensaje.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Contrato para Olvidarte