El pesado cerrojo de metal llegó al final de su recorrido con un estruendo metálico que resonó en el almacén. Marcus, con un gruñido de esfuerzo y rabia, empujó la enorme puerta corredera. La puerta se deslizó por sus rieles oxidados, abriéndose a la noche.
El aire frío y salado del océano entró de golpe, un soplo helado que olía a sal y a la inminente fatalidad. Afuera, el muelle decrépito se extendía hacia las aguas negras y agitadas del Atlántico, que brillaban bajo la pálida luz de la luna.
Justo en ese momento, la noche explotó en un infierno de luz y sonido.
Decenas de luces de asalto de alta intensidad, montadas en las armas del equipo de Julian, se encendieron simultáneamente, inundando el oscuro almacén con un resplandor blanco y cegador. Las sombras desaparecieron, reemplazadas por una claridad brutal que exponía cada rincón polvoriento.
—¡NYPD! ¡MANOS ARRIBA!
La voz, amplificada por un megáfono, fue un trueno que pareció hacer vibrar las paredes de hormigón. Era una mentira táctica, diseñada para crear el máximo impacto psicológico.
El caos fue instantáneo. Los dos matones de Marcus se quedaron congelados por un segundo, cegados y aturdidos. Fue todo el tiempo que el equipo de asalto necesitó.
Sombras vestidas de negro irrumpieron en el almacén desde múltiples puntos de entrada con una velocidad y una precisión aterradoras. Se movían en perfecta sincronización, un ballet de violencia contenida.
Uno de los matones intentó coger un arma que tenía sobre una caja, pero fue derribado por una ráfaga de balas de goma que lo golpeó en el pecho, dejándolo sin aliento y sin fuerzas en el suelo. El otro levantó las manos en una rendición inmediata, sus ojos desorbitados por el terror al ver a los espectros armados que se cernían sobre él.
En medio del caos controlado, Julian rompió la formación. Ignorando los protocolos de seguridad y los gritos ahogados de Roca en su auricular, corrió hacia adelante, su cuerpo bajo, su arma en alto. Sus ojos no estaban en los matones. Estaban fijos en una sola cosa.
La desesperación en sus ojos era total. Estaba atrapado entre el equipo de asalto y el borde del muelle, con las aguas heladas y turbulentas a su espalda. No tenía a dónde huir.
Julian se detuvo a unos diez metros de distancia, su rifle apuntando firmemente al pecho de su hermano. Su rostro era una máscara de furia helada, pero en sus ojos había una súplica desesperada.
Miró a Ava, atrapada en el agarre de su hermano. Vio el terror en su rostro, la forma en que sus uñas se clavaban en el brazo de Marcus, luchando por respirar.
El mundo se redujo a ese único punto. A la figura de su hermano, a la mujer que amaba, y a la distancia de diez metros que los separaba, una distancia que se sentía tan vasta e insuperable como el océano que esperaba debajo de ellos.

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