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El Contrato para Olvidarte romance Capítulo 17

La palabra "acepto" quedó suspendida en el aire, un eco de rendición que selló su destino. Julian la observó por un momento más, una pequeña y fría sonrisa curvando sus labios.

Había ganado. Y se estaba asegurando de que ella lo supiera.

Se apartó de ella, rompiendo el contacto. El aire volvió a llenar los pulmones de Ava, pero se sentía viciado, pesado.

Él caminó de regreso a su escritorio, pero no se sentó. Presionó un botón en el intercomunicador.

—Martha, trae el maletín del fondo fiduciario. El que está preparado para contingencias.

Hubo una breve pausa antes de que la voz metálica de Martha respondiera. —Enseguida, señor Sterling.

Julian no hizo una transferencia bancaria. No firmó un cheque.

Eso habría sido demasiado rápido, demasiado impersonal. Demasiado limpio.

Él quería un ritual. Una ceremonia de sumisión.

Un par de minutos después, la puerta de la oficina se abrió silenciosamente. Martha entró.

Era una mujer mayor, siempre vestida con trajes grises impecables, su rostro una máscara de eficiencia impasible. No miró a Ava.

Llevaba un maletín de cuero negro, de aspecto pesado y caro. Lo colocó sobre el escritorio de caoba con un sonido suave y amortiguado.

—Gracias, Martha. Puedes retirarte —dijo Julian.

Ella asintió y salió tan silenciosamente como había entrado, cerrando la puerta detrás de ella.

Julian se quedó de pie junto al escritorio, junto al maletín. Colocó sus dedos sobre los cierres metálicos y los abrió con dos chasquidos secos.

Levantó la tapa. El interior estaba lleno de fajos de billetes de cien dólares, perfectamente alineados.

—Lo quiero en efectivo —dijo Julian, su voz tranquila y conversacional, lo que lo hacía aún más cruel—. Para asegurarme de que no haya un rastro digital que te vincule a mí de forma indebida.

Cerró la tapa y aseguró los cierres. El peso del maletín era sustancial.

Lo levantó del escritorio. Sus músculos se tensaron por el esfuerzo.

—Gracias —murmuró, la palabra rascándole la garganta.

Se dio la vuelta para irse. Quería salir de esa oficina antes de desmoronarse por completo.

Ya había dado un paso hacia la puerta cuando la voz de Julian la detuvo.

—Ava.

Se detuvo, pero no se giró. No podía soportar mirarlo a la cara de nuevo.

—Recuerda tu lugar a partir de ahora.

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