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El Contrato para Olvidarte romance Capítulo 175

La última pregunta de Chloe —"Pero él nunca apareció, ¿verdad, Julian?"— quedó suspendida en el silencio de la sala de espera. No fue una pregunta. Fue un epitafio. La declaración de la muerte de una esperanza que había durado una década.

Cuando terminó de hablar, no había triunfo en su rostro. Solo un agotamiento inmenso y una pena profunda. Se dio la vuelta, sin esperar una respuesta, y caminó hacia la puerta.

—He dicho lo que tenía que decir —murmuró, más para sí misma que para él—. Ahora, si me disculpas, mi amiga me necesita.

La puerta se cerró suavemente detrás de ella, dejando a Julian solo en un silencio devastador.

Se quedó de pie por un momento. Luego, sus piernas cedieron. Se hundió de nuevo en la silla de diseño, no con la gracia controlada de antes, sino con el peso muerto de un hombre cuya columna vertebral acababa de ser arrancada.

Cada palabra de Chloe había sido un golpe. Un golpe que no había sentido en su piel, sino en su alma. Lo habían despojado de sus defensas, de su ego, de cada capa de autojustificación que había construido a su alrededor durante toda su vida.

La imagen que tenía de sí mismo, la de un protector, un proveedor, un maestro del universo que, a su manera retorcida, cuidaba de lo que era suyo, se hizo añicos. El espejo se había roto, y el reflejo que le devolvía la mirada era el de un monstruo.

No era el protector de Ava. Era su principal villano. El arquitecto de su dolor. La fuente de cada una de sus cicatrices.

La experiencia de casi perderla físicamente en las aguas heladas había sido un terror visceral. Pero esto era diferente. La revelación de cómo la había destruido emocionalmente, sistemáticamente, durante años... eso fue un horror existencial.

El chico en la playa. El recuerdo, antes vago, ahora era insoportablemente nítido. Recordó la tela de su vestido azul pálido. Recordó las lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas. Recordó la sensación de una extraña e incómoda empatía, un sentimiento que había aplastado y olvidado tan pronto como surgió.

No fueron las lágrimas silenciosas y controladas de un hombre afligido. Fue un sollozo. Un sollozo desgarrador, feo, que sacudió todo su cuerpo. Lágrimas calientes y amargas se abrieron paso entre sus dedos, goteando sobre el suelo de linóleo impecable del hospital.

No eran lágrimas de autocompasión. No eran por el imperio que ahora parecía sin sentido, ni por el poder que se sentía hueco.

Eran lágrimas de un remordimiento puro, absoluto y consumidor. Eran lágrimas por la chica del vestido azul que había intentado consolar. Eran lágrimas por la mujer a la que había destrozado. Eran lágrimas por el hombre que podría haber sido y que nunca fue.

El hombre viejo, el titán de hielo, murió en esa silla de hospital.

Lo que quedara después de ese fuego purificador, si es que quedaba algo, sería algo completamente diferente.

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