La oficina del fiscal del distrito no estaba en un rascacielos de cristal, sino en un edificio gubernamental de piedra caliza, un bastión de una autoridad más antigua y fundamental que la del dinero. El aire en el interior olía a café fuerte, a papel y al peso de innumerables tragedias humanas procesadas a través del filtro impersonal de la ley.
Julian no había solicitado la reunión a través de los canales oficiales. Una llamada a un contacto de alto nivel en la oficina del alcalde había asegurado una reunión "privada y extraoficial" en menos de una hora. El poder, como siempre, abría puertas que permanecían cerradas para los demás.
La fiscal D.A. Vega lo recibió en su despacho en la planta superior. Era una habitación funcional, dominada por un gran escritorio de madera cubierto de expedientes y códigos legales. Las paredes estaban adornadas no con arte moderno, sino con diplomas enmarcados y una fotografía de ella con el Presidente.
Se movía con la confianza de una mujer que había luchado para llegar a donde estaba y que no se dejaba intimidar fácilmente. Ni siquiera por un hombre como Julian Sterling.
—Señor Sterling —dijo, su voz era profesional, cortés, pero sin ninguna de la deferencia a la que él estaba acostumbrado. Le indicó una silla frente a su escritorio. No le ofreció café.
Julian no se sentó. Se acercó al escritorio y, sin decir una palabra, colocó una pequeña unidad USB de metal negro sobre la superficie de madera pulida. El objeto parecía extrañamente pequeño y siniestro en medio de los documentos legales.
—Aquí está todo lo que necesita sobre Seraphina Vance —dijo Julian. Su voz era tranquila, desprovista de toda emoción. Era la voz de un hombre que presenta un informe de negocios.
La D.A. Vega miró la unidad USB, luego a él, sus cejas oscuras arqueadas en una silenciosa pregunta.
—Sé que mi hermano ya ha confesado su implicación —continuó Julian, anticipándose a su pregunta—. Pero su testimonio solo es una parte de la historia. Seraphina fue la instigadora. La arquitecta de todo.
Su mirada era fría como el hielo. —En esa unidad encontrará la grabación completa de la confesión de Marcus, detallando cómo ella lo contrató, cómo le proporcionó la información y el dinero para llevar a cabo el secuestro de la señorita Monroe.
Se inclinó ligeramente, sus manos apoyadas en el escritorio. —Sin tratos preferenciales por ser una celebridad. Sin acuerdos silenciosos. Quiero que sea juzgada. Y quiero que sea condenada.
La fiscal lo miró. Vio la determinación implacable en sus ojos. Comprendió que Julian Sterling no le estaba pidiendo un favor. Le estaba entregando un arma y esperando que la usara.
—Revisaremos las pruebas, señor Sterling —dijo finalmente, su tono era puramente profesional—. Si son tan sólidas como usted dice, procederemos en consecuencia.
Julian asintió, una sola vez. Su trabajo aquí había terminado. El segundo nudo estaba ahora en manos del sistema. Y él se había asegurado de que las tijeras estuvieran lo más afiladas posible.

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