Se quedaron así por un largo rato, en medio del murmullo de la cafetería. El abrazo de Chloe era un ancla en la tormenta que era la vida de Ava.
Finalmente, se separaron. Ava se secó las lágrimas con una servilleta, sintiéndose un poco más humana.
Le dio un sorbo a su café. El líquido caliente le reconfortó el estómago anudado.
—Y eso no es todo —dijo Ava en voz baja, casi como si hablara consigo misma.
Chloe la miró, sus cejas fruncidas por la preocupación. —¿Hay más? ¿Qué más podría haber?
Ava evitó su mirada, removiendo su café con una cucharilla. —El embarazo.
Chloe asintió lentamente. —Sí. ¿Qué pasa con eso?
—Julian... —Ava tragó saliva—. Él todavía espera que... me deshaga del problema.
La forma en que lo dijo, la vacilación, la elección de las palabras, hizo que Chloe se pusiera rígida. Su actitud cambió.
La amiga compasiva desapareció, reemplazada por la residente de obstetricia y ginecología. Su mirada se volvió aguda, analítica.
—Ava, escúchame —dijo, su tono repentinamente serio—. Necesito que seas honesta conmigo. ¿Recuerdas hace unos años, en la universidad, cuando tuviste esos dolores?
Ava levantó la vista, confundida por el repentino cambio de tema. —Sí, vagamente. ¿Por qué?
—Tuviste unos quistes ováricos. Te hicieron una laparoscopia para extirparlos. ¿Recuerdas lo que te dijo el médico después?
Ava trató de recordar. Todo aquello parecía de otra vida. —Dijo que todo había ido bien. Que habían quitado los quistes. Mencionó algo sobre un poco de tejido cicatricial, pero que no era nada de qué preocuparse.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran. —El procedimiento podría causar más cicatrices. Y esas cicatrices podrían... podrían dejarte estéril.
La palabra cayó sobre la mesa como una piedra. Estéril.
—Podrías no ser capaz de tener hijos en el futuro —concluyó Chloe, su voz suave pero inequívoca.
La noticia golpeó a Ava con la fuerza de un puñetazo físico. Se quedó sin aire.
La exigencia de Julian ya no era solo una condición cruel de su contrato. Ya no era solo una decisión emocionalmente agonizante.
Ahora era una amenaza. Una amenaza potencial y permanente para su cuerpo, para su futuro, para una vida que ni siquiera sabía si quería, pero cuya posibilidad le estaba siendo arrebatada.
Se quedó mirando su taza de café, pero no la veía. El mundo se había reducido a esa única palabra.

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