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El Contrato para Olvidarte romance Capítulo 262

La orquesta terminó su pieza con una nota suave y prolongada que se desvaneció en el murmullo de la multitud. Un silencio expectante se apoderó del Gran Salón cuando las luces principales se atenuaron ligeramente, y un único y brillante foco iluminó el podio de madera oscura en el escenario.

Theodore Sterling se levantó de su mesa principal. Se movió con la gracia económica de un hombre que no había desperdiciado un solo gesto en ochenta y cinco años. Subió los escalones, su figura era una silueta nítida contra la luz.

Colocó ambas manos sobre el podio, un gesto de posesión tranquila, y recorrió la sala con la mirada. Sus ojos azules, aunque velados por la edad, todavía tenían el brillo depredador que había construido un imperio. No sonrió de inmediato. Dejó que el silencio se asentara, que el peso de su presencia llenara cada rincón de la vasta sala. Era un maestro de la pausa, un director de orquesta del poder.

—Buenas noches —comenzó, su voz, amplificada por el sistema de sonido, era un murmullo suave pero con el filo del acero. Llenó la sala sin esfuerzo, una voz acostumbrada a ser obedecida—. Gracias a todos por acompañarnos esta noche en nuestra celebración anual.

Habló del legado. De la responsabilidad que conllevaba el nombre de Sterling. De la importancia de construir no solo para el presente, sino para las generaciones venideras. Su discurso fue una clase magistral de retórica corporativa, entretejiendo conceptos de deber, fuerza y tradición en un tapiz que era a la vez inspirador e intimidante.

Ava observaba desde su mesa, con Elias a su lado. Se sentía extrañamente tranquila, una espectadora en el ojo del huracán. Vio a Julian, sentado en la mesa principal, su rostro una máscara de calma impasible. Pero ella notó la tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos estaban apretados en un puño invisible sobre el mantel de lino.

—Una gran casa no se construye sobre cimientos débiles —continuó Theodore, su mirada barriendo la primera fila de miembros de la junta directiva y socios—. Se construye sobre alianzas. Alianzas estratégicas que no solo aseguran la prosperidad, sino que garantizan el dominio.

Isabelle Dubois, sentada junto a un asiento vacío que obviamente estaba reservado para Julian, lo miraba con una expresión de devota admiración. Era la imagen de la perfecta heredera, su sonrisa era a la vez recatada y segura.

Hizo una pausa, saboreando el momento, dejando que la anticipación llegara a su punto máximo.

—Será sellada por el compromiso de mi nieto y heredero, Julian Sterling, con la encantadora y brillante señorita Isabelle Dubois.

Un aplauso educado, pero atronador en su implicación, estalló en la sala. Isabelle se levantó, inclinando la cabeza con una gracia ensayada, su rostro una máscara de humilde felicidad. Las cámaras de los fotógrafos de sociedad parpadearon, capturando el momento para la portada de la mañana siguiente.

Theodore sonrió, su mirada se encontró con la de Julian a través de la distancia. No era una sonrisa de afecto. Era una sonrisa de propiedad. Le estaba mostrando a su nieto, y al mundo entero, quién seguía siendo el rey.

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