La tarde siguiente fue una extensión del silencio de la noche anterior. Julian se había ido a la oficina temprano, con la furia contenida de la mañana vibrando todavía en el aire, pero sin decir una sola palabra.
Ava se quedó en el penthouse, un fantasma en su propia prisión de cristal y acero. Se sentó junto a la ventana del salón durante horas, mirando la ciudad sin verla.
Los taxis amarillos se movían por las avenidas como insectos, la gente en las aceras eran puntos anónimos. Se sentía a un millón de kilómetros de distancia de todo aquello, una espectadora de una vida que ya no le pertenecía.
El silencio en el apartamento era una presencia física. Era tan profundo que podía oír el zumbido de la nevera desde la cocina, el suave murmullo del sistema de ventilación.
El zumbido agudo del intercomunicador la sobresaltó. El sonido fue estridente, una violación eléctrica del silencio absoluto.
Su corazón dio un vuelco doloroso en su pecho. Se levantó, sus músculos rígidos por la inmovilidad.
Caminó descalza sobre el frío suelo de mármol hasta el panel de la pared junto a la puerta. Su mano tembló ligeramente mientras la levantaba para apretar el botón de hablar.
—¿Sí? —su voz sonó extraña, ronca por la falta de uso.
La voz del conserje, siempre impecablemente respetuosa, sonó a través del pequeño altavoz. —Señorita Monroe, buenas tardes. Lamento la interrupción.
Hubo una breve pausa, una vacilación casi imperceptible. —La señorita Seraphina Vance está aquí, en el vestíbulo. Pide verla.
El corazón de Ava se detuvo por un segundo. Un frío helado le recorrió la espalda, erizándole la piel de los brazos.
—Yo... no estoy esperando a nadie —dijo, su mente corriendo para encontrar una excusa, una forma de evitar lo inevitable.
Antes de que pudiera negarse, el conserje añadió, su tono ahora ligeramente apologético, como si estuviera cumpliendo una orden desagradable. —Mis disculpas, señorita Monroe. El señor Sterling me indicó personalmente esta mañana que la dejara pasar siempre que viniera. No son necesarias más autorizaciones.
La trampa se cerró. No era una visita. Era una invasión autorizada.
Caminó hacia una gran pintura abstracta que dominaba una de las paredes. La estudió por un momento.
—Un Rothko. Un poco obvio, ¿no crees? A Julian siempre le gustó la inversión segura, incluso en el arte.
Luego, se dirigió a una escultura de bronce sobre un pedestal. Pasó un dedo enguantado en cuero fino por su superficie pulida, un gesto de posesión.
—Aunque la decoración es un poco... impersonal —continuó, con una falsa consideración en su tono.
Finalmente, se giró para mirar a Ava, que había permanecido inmóvil cerca del intercomunicador. Una sonrisa burlona jugó en sus labios perfectamente pintados de rojo.
—Julian nunca tuvo buen gusto para los detalles del hogar. Siempre necesitó que alguien con un toque más... refinado lo guiara.

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