En un camerino caótico en un set de filmación en Brooklyn.
Ropa de vestuario colgaba de percheros, tazas de café a medio terminar ensuciaban las superficies.
Seraphina Vance estaba sentada frente a un espejo rodeado de bombillas. Llevaba una bata de seda, pero su expresión era cualquier cosa menos relajada.
Estaba frustrada. Con el pulgar, se desplazaba agresivamente por los artículos en su tableta.
El escándalo del perfume había sido noticia, sí. Valois estaba en modo de control de daños. Pero no había destruido a Ava.
Encontró un artículo en un influyente blog de la industria del marketing. El titular decía: "El desastre de Valois: ¿Error de logística o sabotaje corporativo?".
El artículo, aunque especulativo, elogiaba el historial previo de Ava Monroe. Mencionaba sus exitosas campañas anteriores, su reputación de ser meticulosa.
Citaba una fuente anónima que decía: "No tiene sentido. Ava Monroe nunca cometería un error tan de principiante".
Seraphina apretó la mandíbula. Había blogs similares, hilos de discusión en foros de la industria. Gente que defendía la competencia de Ava.
Su plan la había incriminado, pero no la había aniquilado profesionalmente. No del todo.
Y su frustración se convirtió en rabia al recordar la visita al penthouse. La forma en que Ava se había quedado allí, en silencio, recibiendo sus golpes verbales sin romperse.
La había amenazado directamente. Y, sin embargo, Seraphina sentía que Ava no se había doblegado por completo.
—Todavía se cree fuerte —murmuró para sí misma, mirando su propio reflejo furioso en el espejo.
La humillación pública no había sido suficiente. La amenaza velada tampoco. Necesitaba algo más.
Algo más sucio. Algo que la rompiera de verdad.
Con un movimiento decidido, dejó la tableta. Cogió su bolso de diseñador, rebuscó en su interior y sacó un pequeño teléfono negro y barato.
Un teléfono desechable. Un quemador.
Hizo una pausa para que el impacto se asentara. —Dicen que están teniendo una aventura a espaldas de Sterling. Una muy apasionada.
La mentira salió de sus labios con una facilidad escalofriante.
—Una buena foto de ellos dos saliendo juntos... O mejor aún, entrando... Podría valer una fortuna. Sterling pagaría cualquier cosa para enterrar una historia así.
No esperó una respuesta. Colgó la llamada.
Con un movimiento rápido y practicado, abrió la parte trasera del teléfono, sacó la batería y la tarjeta SIM.
Rompió la tarjeta SIM por la mitad con sus uñas perfectamente cuidadas. Tiró los pedazos, junto con el teléfono y la batería, a la papelera debajo de su tocador.
Se reclinó en su silla. Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en su rostro.
Sabía exactamente lo que había hecho. Acababa de soltar a los lobos.

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