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El Contrato para Olvidarte romance Capítulo 56

Habían pasado varias semanas. El tiempo en el loft se había vuelto espeso y lento, una sucesión de días indistinguibles.

Ava había caído en una rutina monótona, un mecanismo de supervivencia para evitar que las paredes se cerraran sobre ella.

Las mañanas eran para el yoga, un intento de encontrar el equilibrio en un mundo que se había inclinado sobre su eje. Las tardes eran para leer, para escapar a mundos donde las heroínas luchaban y ganaban.

Las noches eran las más largas. A veces, Julian estaba allí, una presencia silenciosa y opresiva en el otro lado de la cama. Otras veces, no volvía a casa, y el vacío del apartamento era casi peor que su presencia.

Las llamadas telefónicas con Chloe eran su único salvavidas. Pero incluso esas estaban teñidas de paranoia. Hablaba en voz baja, consciente de que Julian podría tener formas de escuchar. Evitaba hablar de cualquier cosa importante.

La sensación de ser una prisionera, una hermosa pieza de arte en una galería vacía, se había vuelto insoportable.

Una tarde, mientras estaba sentada junto a la ventana, observando el flujo interminable de taxis amarillos en las calles de abajo, una verdad simple y brutal se cristalizó en su mente.

Su debilidad, la cadena que la ataba a Julian, la razón por la que siempre tenía que volver, tenía un nombre. Era el dinero.

Era el costo astronómico del tratamiento de su madre. Era la dependencia financiera total que él había construido a su alrededor tan meticulosamente.

Mientras él controlara sus finanzas, controlaría su vida. Podría escapar mil veces, pero mientras su madre necesitara ese tratamiento, él siempre podría tirar de la cadena y arrastrarla de vuelta.

Una idea, pequeña y frágil al principio, comenzó a formarse en su mente.

No era un plan grandioso. No era una fantasía de venganza. Era algo mucho más fundamental.

Si pudiera generar sus propios ingresos, por pequeños que fueran, tendría una opción.

Buscó en sus contactos. Solo tenía tres números guardados: Chloe, Leo y una antigua colega del departamento de marketing, una joven diseñadora gráfica llamada Sarah.

Sarah era discreta, trabajadora y no formaba parte del círculo de chismes de la oficina. Y le debía un favor a Ava por haberla ayudado en un proyecto difícil.

Con el corazón latiéndole con fuerza, escribió un mensaje. Sus dedos temblaban ligeramente.

"Hola Sarah, soy Ava. Sé que esto es extraño. Necesito un gran favor. Necesito que corras la voz, de forma muy discreta, de que estoy disponible para consultoría de marketing freelance. Proyectos pequeños, estrategia de redes sociales, cosas así. Totalmente extraoficial. Por favor, sé muy cuidadosa. Avísame si oyes algo".

Releyó el mensaje diez veces. Le pareció patético y desesperado.

Pero lo envió de todos modos. Apagó el teléfono, le quitó la batería y esperó.

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