El viaje de regreso desde la casa del lago fue silencioso. Julian condujo a través de la oscuridad, las luces del Bentley cortando la negrura de los caminos rurales. Su rostro, iluminado intermitentemente por el resplandor del tablero, era una máscara de piedra.
No sentía tristeza. No sentía alivio. La confrontación con Seraphina no le había traído ninguna catarsis.
La furia que había sentido en el muelle no se había disipado. Simplemente se había transformado, volviéndose más fría, más densa y con un nuevo enfoque.
Llegó a la ciudad en las primeras horas de la mañana. En lugar de ir al loft, se dirigió directamente a la Torre Sterling.
El edificio estaba silencioso a esa hora, un monolito dormido en el corazón de la ciudad. El ascensor privado lo llevó a su oficina en un ascenso rápido y silencioso.
Las luces se encendieron automáticamente cuando entró. La vasta habitación estaba impecable, el aire quieto y frío.
No se quitó el abrigo. Caminó directamente a su escritorio y presionó el botón del intercomunicador. No le importó la hora.
—Gavin. Ven aquí.
No tuvo que esperar mucho. Unos minutos más tarde, la puerta se abrió y su jefe de seguridad entró. Gavin parecía imperturbable, como si una convocatoria a las 3 de la mañana fuera una parte normal de su rutina.
Julian se había servido un vaso de agua y estaba de pie junto al ventanal, mirando las luces lejanas de la ciudad. No se giró cuando Gavin entró.
—Prepara un dossier —ordenó Julian. Su voz era gélida, desprovista de cualquier inflexión. Cortaba el silencio de la oficina como un trozo de cristal.
Gavin se quedó inmóvil, esperando. Sabía que no debía hacer preguntas.
Su objetivo era la destrucción total de la plataforma que se había atrevido a usarlo, que se había atrevido a perturbar su mundo. Era una demostración de poder puro, una lección para cualquiera que pensara que podía jugar en su tablero sin su permiso.
Gavin asintió, una sola vez. Su rostro no mostró ninguna reacción.
—Entendido, señor.
Se dio la vuelta para irse. La orden había sido dada. La maquinaria de destrucción de Julian Sterling se había puesto en marcha.
Julian se quedó de pie junto a la ventana, observando cómo la ciudad comenzaba a despertarse. Las primeras luces del amanecer teñían el cielo de un gris pálido.
Había cortado a Seraphina de su vida. Ahora, iba a borrar la mancha que ella había dejado en su mundo.

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