La sumisión era un arma de doble filo. La máscara de docilidad que Ava había adoptado le había concedido un recurso inesperado: la previsibilidad. Julian, al creer que la había domesticado, se había vuelto menos vigilante.
Pero ella sabía que el método del ordenador portátil barato había sido un error de principiante, un acto de desesperación nacido de la improvisación. Su siguiente movimiento tenía que ser más inteligente, más limpio.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Ava mencionó con una estudiada indiferencia que necesitaba comprar algo de ropa nueva.
—La ropa que tengo... no me parece apropiada para estar en casa —dijo, su voz suave y sumisa—. Necesito algo más cómodo.
Julian, sin levantar la vista de su tableta, simplemente asintió. Era una actividad que aprobaba. Una leona enjaulada debía, al menos, tener un pelaje impecable. Le transfirió una generosa suma a su cuenta aprobada y le indicó a su conductor que la llevara a Bergdorf's.
Pero Ava no fue a Bergdorf's. Una vez en el coche, le pidió al conductor que la dejara en la entrada de una galería de arte en Chelsea, con la excusa de que quería "inspirarse" un poco antes de las compras.
En cuanto el coche dobló la esquina, Ava se dirigió en la dirección opuesta. Caminó a paso rápido, adentrándose en calles que no frecuentaba, donde las boutiques de lujo daban paso a tiendas de segunda mano y delis familiares.
Su destino era un edificio de piedra caliza con grandes ventanales arqueados. No era una tienda ni una galería. Era una biblioteca pública.
El interior olía a papel viejo, a polvo y al silencio reverente del conocimiento. El contraste con su jaula de mármol y cristal era abrumador. Aquí, la gente susurraba. Aquí, el valor no se medía en dólares, sino en palabras.
Se dirigió a la sección de ordenadores públicos. Se sentó en un cubículo de madera gastada, la silla de plástico dura bajo ella. El monitor era viejo, la carcasa amarillenta, pero funcionaba.
"Por razones de discreción fiscal, prefiero recibir los pagos a través de una cuenta de terceros. Le proporcionaré los detalles de la cuenta de mi 'asistente financiera'".
Acordaron un método de pago más seguro. Las transferencias se harían a una cuenta bancaria secundaria que Chloe había abierto precisamente para este propósito. Chloe le daría el dinero en efectivo durante sus visitas semanales. Sin rastro digital. Sin conexión con Ava Monroe.
Empezó a trabajar de nuevo, no desde la comodidad de su loft, sino desde la seguridad anónima de la biblioteca pública.
Se sentía como una espía, construyendo una nueva vida en los márgenes de la antigua. Cada día, utilizaba un ordenador diferente. Cada vez, borraba meticulosamente su historial de navegación y sus archivos temporales.
Su fondo de escape comenzó a crecer de nuevo. Lentamente. Pero esta vez, cada dólar estaba limpio. Cada billete era un ladrillo en el muro de una fortaleza que Julian Sterling ni siquiera sabía que se estaba construyendo.

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