Los ojos de Teobaldo se encendieron cuando escuchó el nombre de Jaime y, al instante, siguió la mirada de Sandra.
Jaime detuvo su andar y le lanzó una mirada gélida. Todavía con su brazo entrelazado con el de Teobaldo, ella caminó hacia él.
—Hola Jaime. No esperaba verte aquí. ¡Casi olvido que ahora eres millonario! —enfatizó Sandra, devolviéndole una mirada tranquila—. Permíteme hacer las presentaciones. Este es el Señor Velázquez. Es de la Familia Velázquez de Cuenca Veraniega.
De manera intencional, Sandra remarcó las palabras «Cuenca Veraniega» como si tuviera miedo de que Jaime omitiera ese detalle.
—¿Tú eres Jaime Casas? Escuché de ti. —Teobaldo extendió su brazo para darle un apretón de manos, pero su mirada tenía una pizca de hostilidad.
Jaime no tenía ni idea de quién era Teobaldo, así que estaba desconcertado por la antipatía de este último.
«¿Será por Sandra?». Pensó.
Sin embargo, estrechó la mano de Teobaldo.
Justo cuando estaba a punto de retirar su mano, después del apretón, Teobaldo la sujetó y se rehusó a soltarla.
Entonces, este comenzó a torcer la mano de Jaime con fuerza. Durante todo este tiempo, mantuvo una sonrisa extraña en sus labios. Él había entrenado en el ejército por años, haciéndolo diferente de los otros vástagos ordinarios. Sus capacidades no debían subestimarse.
Entrecerrando sus ojos, Jaime comenzó a reunir Energía Espiritual dentro de él. Unos segundos más tarde, él ejerció una fuerza terrible en la mano de Teobaldo.
Ese último fue tomado por sorpresa, cuando sintió la intensidad de la fuerza del otro, así que trató de liberarse del apretón de Jaime, pero fue en vano.
Un sudor frío comenzó a salir de su frente. Sin embargo, con la multitud mirándolos, no se atrevió a rogarle a Jaime que lo perdonara o a gritar por ayuda, ya que sería por completo humillante.
En ese momento, Tomás salió y se apresuró para saludar a Teobaldo.
—Señor Velázquez, ¡no esperaba que nos acompañara! ¡Discúlpeme por no darle la bienvenida antes!
«¿Qué le sucedió, con exactitud, a Jaime, durante los tres años que estuvo en la cárcel?
—Con frecuencia debieron darle palizas los otros reclusos. De otra forma, no pudo hacerse tan fuerte. De cualquier forma, sin importar lo bueno que sea en las artes marciales, no vivirá mucho —afirmó, sus ojos brillaban de despecho.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Sandra.
Ella no estaba consciente de la discusión que Lucas y Teobaldo tuvieron la noche anterior.
Teobaldo la miró con frialdad.
—No hagas preguntas innecesarias.
—¡Lo siento, Señor Velázquez! —Su advertencia la hizo sentir nerviosa y con rapidez se disculpó.

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