Josefina se quedó sorprendida por el veneno en las palabras del hombre. La inquietud creció en su pecho mientras preguntó vacilante:
—¿De qué estás hablando, Teobaldo?
—¿De qué otra cosa podría estar hablando? — La ira distorsionó los rasgos de Teobaldo mientras sujetó el codo de Josefina con fuerza y continuó con su apasionado discurso—: He estado conquistándote durante años en vano. Y ahora te enamoras de un exconvicto. Dime, ¿cómo es que soy peor que Jaime?
—¡Teobaldo! ¿Quién te contó todo eso? —Por fin entendió el fondo del asunto.
«Alguien debe haberle avisado. Teobaldo está al tanto de todo en Ciudad Higuera a pesar de estar en la lejana Cuenca Veraniega».
Teobaldo le apretó más el codo y le dijo:
—¡Eso no es asunto tuyo! Ahora, dime, ¿por qué él es mejor que yo?
Josefina hizo una mueca de dolor y gritó:
—¡Suéltame! ¡Me estás lastimando! ¡No te pareces en nada a Jaime! —Le dirigió una mirada de asco para que le quedara claro.
—¡P*rra! —gritó el hombre y la golpeó en la cara.
Su mejilla palpitaba del dolor.
—¡Escúchame bien! ¡Hoy vas a ser testigo de la muerte de Jaime en mis manos, porque nadie puede robarme a mi mujer! —instó.
—¡Nunca te perdonaré si le haces daño a Jaime! —lo amenazó.
—¡Ja! ¡Solo alimentas mi determinación para torturarlo! —se burló. Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Josefina golpeó la puerta y gritó:
—¡Déjame ir, Teobaldo! ¡Déjame salir de este lugar! ¡Te juro que te mataré si le haces daño a Jaime! —Sus amenazas cayeron en saco roto y sus intentos de escapar fueron inútiles. Con el tiempo, se agotó, se apoyó en una pared y rezó con fervor—: ¡Jaime, por favor! Por favor, no vengas.
Jonás, ajeno a los problemas que iban a afectar a la Familia Sabina, presidió una reunión familiar para discutir su situación tras ofrecerle sus empresas inmobiliarias a Jaime. A pesar de haber garantizado su seguridad, los Sabina se encontraban ahora en una situación financiera precaria.
Las empresas constituían la mitad del patrimonio de la familia, así que perder una parte tan enorme de su patrimonio era un impacto tremendo.
El empleado también se sintió agraviado.
«Don Sabina fue el que salió corriendo antes de que terminara de explicar las cosas».
Jaime se mostró hostil mientras Tomás reclamó con vehemencia:
—¿Dónde está tu hijo Lucas? ¡Tráelo en este momento!
El corazón de Jonás casi se detuvo al escuchar las palabras del hombre.
«¿Ahora qué hizo mi estúpido hijo?».
—Señor Lamarque, mi hijo no está en casa. Mis hombres también están intentando ponerse en contacto con él —explicó Jonás.
En efecto, había intentado llamar a Lucas más temprano para su reunión familiar. Tras varios intentos fallidos, Jonás se dio por vencido y comenzó la reunión sin él.
—¿A quién demonios crees que engañas? —Tomás maldijo mientras se apresuraba a sujetar a Jonás por el cuello de la camisa.

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