Jaime llevaba medio día acompañando a Josefina en su casa. Ella estaba de buen humor, sin embargo, de vez en cuando recordaba el momento en que Jaime mató a Lucas.
Jaime se unió a la Familia Serrano para cenar. Justo cuando todos estaban comiendo, un empleado se acercó a Gonzalo y le susurró algo al oído.
La cara de Gonzalo se nubló de inmediato.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó Josefina con curiosidad.
—No, no es nada. Son unas cosas que tengo que atender en la empresa, no hagas caso. —Se levantó y miró a Jaime—. Deberías quedarte aquí esta noche, Jaime. No sé cuándo volveré, así que cuento contigo para que cuides de Josefina.
—¡Papá! —La cara de su hija se sonrojó.
—No se preocupe, Señor Serrano. Cuidaré bien a Josefina —asintió.
Una frialdad aterradora rodeó a Gonzalo tras salir de la casa.
—¡Reúne a todos los guardaespaldas y sígueme!
Más de veinte guardaespaldas lo siguieron directo hasta el Hotel Glamur.
En ese momento, Cristian estaba sentado dentro de un salón privado, disfrutando de su café.
Fuera de la habitación había un montón de guardaespaldas tirados en el suelo gracias a él.
—¡Muy bien! Si tanto quieres morir, ¡entonces cumpliré tu deseo! —En el momento en que Cristian terminó de hablar, sus expertos saltaron de inmediato hacia adelante.
Los guardaespaldas de Gonzalo comenzaron a defenderse. A pesar de su ventaja numérica, todos cayeron al suelo en pocos minutos. Todos gemían de dolor y eran incapaces de levantarse. Por otro lado, ninguno de los hombres que llevó Cristian resultó herido.
La diferencia de fuerza era demasiado grande. Era como si un adulto estuviera luchando contra un niño de cinco años.
La expresión de Gonzalo se volvió extremadamente oscura mientras su cuerpo temblaba. Aun así, se mantuvo firme y no huyó.
—¡No volveré a repetirlo! ¡Entrégame al hombre que le rompió la pierna a mi hijo! —Lo miró con desprecio.
—¡Yo le rompí la pierna a tu hijo! Si quieres vengarte, ¡ven a matarme! —Se armó de valor. Como había decidido ir solo, no delataría a Jaime pasara lo que pasara.

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