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El despertar del Dragón romance Capítulo 300

Al ver lo sucedido, Tomás, conmocionado, detuvo el auto de inmediato. Mientras tanto, Josefina abría los ojos con incredulidad.

—Ayuda, ayuda… —Entre los cuatro pasajeros del auto, el único que seguía respirando y pidiendo ayuda era el hombre de mediana edad que ocupaba el asiento del copiloto.

Con la pierna atrapada, empezó a entrar en pánico cuando vio que la gasolina goteaba fuera del vehículo.

Jaime se acercó a él y encendió un cigarrillo.

Consciente de lo que Jaime iba a hacer, el hombre de mediana edad se estremeció de miedo. Sus ojos se abrieron de par en par con horror.

—¡Tenga piedad, por favor! ¡Piedad! —suplicó con la cara empapada de sangre.

Jaime se agachó despacio y le dirigió al hombre una mirada indiferente.

—¿Quién te envió?

El hombre se resistió a responder. No se atrevía a traicionar a Cristian porque su familia seguía en Cuenca Veraniega.

Al ver la vacilación del hombre, Jaime no dijo nada más y se marchó.

Al ver que se alejaba, el hombre de mediana edad dijo con los dientes apretados:

—Trabajamos para la Familia Velázquez. Fue el señor Velázquez quien dio la orden y me obligó a hacer esto. Por favor, se lo ruego. ¡Déjeme ir!

Jaime se detuvo en seco. No parecía sorprendido, pues ya había adivinado que Cristian era quien estaba detrás de todo.

Unos segundos después, continuó caminando hacia adelante y arrojó con despreocupación su cigarrillo detrás de él.

La colilla encendida provocó un infierno al caer sobre la gasolina.

Los gritos de agonía del hombre de mediana edad resonaron, haciendo que un escalofrío recorriera la columna vertebral de todos.

—Deja de ser tan descarado. Todavía no he aceptado casarme contigo.

Unas horas más tarde, llegaron a Arboledas. Nada más entrar en la ciudad, pudieron oler las hierbas por todas partes. Al mirar más de cerca, vieron montones de hierbas secándose en ambos lados de la calle. Los lugareños no parecían molestos, ya que estaban acostumbrados al olor. Josefina, sin embargo, se tapó la nariz con rapidez.

—¿Qué es ese olor? De verdad que apesta.

—Es el olor de las hierbas secas, cuyo aroma es capaz de nutrir tu cuerpo —explicó Jaime. No pudo evitar sentirse impresionado por cómo Arboledas hacía honor a su nombre de Ciudad Herbal.

En Arboledas, casi todas las familias plantaban hierbas. Como la ciudad estaba cerca de las montañas, también había un grupo de herbolarios que subían todos los días a recolectarlas.

Independientemente de lo poco común que fuera una hierba, en Arboledas sin duda se podía encontrar, siempre y cuando uno estuviera dispuesto a pagarla. Las calles estaban repletas de tiendas de medicina tradicional en las que una siempre intentaba competir con la otra con sus exquisitos productos.

—Tomás, vamos primero a un mecánico para que repare el auto. Estamos llamando la atención.

Como habían arrastrado el parachoques trasero por la carretera, a Jaime le preocupaba que llamara demasiado la atención. Por ello, decidió llevarlo a arreglar antes de continuar el viaje.

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