—Señor Velázquez, los guardias se encuentran en cada una de las entradas, así que nadie podrá entrar; además, la Familia Jaramillo envió a sus fuerzas élites para protegerlos. Le aseguro que, si alguien intenta hacerles daño, lo detendremos en ese momento —anunció un hombre maduro.
—De acuerdo, puedes retirarte —respondió Cristian, sin mostrar ninguna emoción; tan pronto se encontró a solas en la habitación, Lucía apareció en el umbral de la entrada, por lo que el hombre no pudo evitar sobresaltarse al advertir la presencia de su esposa. Ante su reacción, la mujer dejó escapar una estrepitosa carcajada, antes de decir:
—¡No puedo creer que te ocultes aquí! Te recuerdo que eres la cabeza de esta familia, por lo que no puedes comportarte de esta manera; supongo que te has convertido en un anciano cobarde… —Su voz resonó llena de sarcasmo al hablar.
Al escuchar sus crueles palabras y aunque no pudo evitar sentirse ofendido, Cristian se limitó a permanecer en silencio, mientras recapacitaba:
«Dudo que Jaime sea solo un hombre ordinario; de otra manera, estoy seguro de que Tomás, Arturo y Gael no se comportarían de esa manera en su presencia, como si le temieran… Además, me pregunto cómo es posible que el hombre más rico de Ciudad Higuera permita que su preciada hija tenga una relación con alguien poco importante».
Ante esa idea, Cristian comenzó a sentir el corazón acelerársele al recordar la inminente amenaza; tras observarlo un poco, Lucía prosiguió a decir, irritada:
—Veré cómo se encuentra Teobaldo. —Al terminar de emitir esas palabras, la mujer salió a toda prisa de la habitación, en dirección de la pequeña casa de su hijo.
…
Entretanto, el cuerpo desnudo de Yazmín yacía sobre la cama, mientras Teobaldo acariciaba su tersa piel; al sentir el frío roce de su mano al abrirle las piernas de manera violenta, la joven no pudo evitar estallar en llanto, aterrorizada. Sin embargo, antes de que el joven pudiera continuar, se escuchó un fuerte estallido desde la entrada.
¡Bum!
En ese momento, mientras tomaba sus prendas del suelo, Yazmín dedujo que, a diferencia de su hijo, aquella mujer creía que se trataba de Josefina, por lo que se apresuró a salir a toda velocidad de la habitación, al tiempo que pensaba:
«Estoy segura de que podré ocultarme en un lugar seguro; después de todo, esta gigantesca mansión servirá de escondite, hasta que encuentre una manera de escapar sin que se dé cuenta ningún Velázquez…».
Más tarde y tras haber charlado con su hijo, Lucía abandonó ese lugar; una vez en el pasillo, se acercó a uno de los guardias para ordenarle:
—¡Deberán proteger a mi hijo en todo momento! De hecho, mientras que Teobaldo tendrá que permanecer dentro de su habitación, esa chica no podrá volver a entrar.
—¡Sí, Señora Velázquez! —exclamó el hombre, con voz enérgica; todos sabían que lucía era una mujer cruel y despiada, por lo que nadie se atrevería jamás a desobedecerla.

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