Ante su respuesta, Isabel se limitó a mirarla, boquiabierta; las mujeres permanecían en silencio, mientras Josefina meditaba, extrañada:
«Me pregunto qué sucede…».
De pronto, al mismo tiempo Arturo aparecía frente a su nieta, Jaime se apresuró a rodear a su futura esposa entre sus brazos; ante la hermosa escena que se suscitaba frente a sus ojos, Arturo dijo en tono alegre:
—Isabel, te presento al Señor Casas; creo que podrá ayudarte con tu investigación. —una pequeña sonrisa le cubrió el rostro al hablar.
—Abuelo, de hecho, acabo de enterarme del compromiso de Josefina y el Señor Casas… —La voz e Isabel resonó en tono severo.
—¡Oh, qué alegría! Bueno, en realidad no había escuchado las grandiosas noticias, por lo que no quise mentir —respondió el anciano, sin darle mucha importancia; tras una pequeña pausa, añadió—: Me parece interesante que conozcas a la Señorita Serrano…
—Abuelo, Josefina solíamos ser compañeras de clase en la universidad, así que nos conocemos desde hace bastante tiempo.
Al escuchar la conversación, Josefina no pudo evitar decir algo al respecto:
—¡Isabel, no puedo creer que el Señor Gómez sea tu abuelo! —exclamó la joven, anonadada, antes de continuar—: De hecho, no recuerdo haberte escuchado mencionar que pertenecías a una de las familias más importantes de la ciudad.
—Bueno, todos sabían que mi abuelo era un hombre muy influyente en Cuenca Veraniega, por lo que quería evitar que la gente comenzara a esparcir rumores acerca de mí —explicó Isabel, casi en un susurro; al escuchar a su nieta, el anciano dejó escapar una estrepitosa carcajada, pues desde pequeña, Isabel había evitado que la relacionaran con su famosa familia, pues deseaba demostrar que era una mujer inteligente que no necesitaba su ayuda para ser exitosa. Al mismo tiempo, Jaime se limitó a permanecer en silencio, mientras los observaba.
De pronto, la voz de Arturo se escuchó en tono lleno de emoción:
—Isabel, estoy seguro de que lograrás tu cometido; sé que trabajas muy duro en esta investigación, así que es probable que pronto logres liderar la organización, como el General Lamas. —Tras una breve pausa, el anciano añadió—: Debo irme, pero espero charlar con ustedes pronto. —Al terminar de emitir esas palabras, el anciano caminó en dirección de otra mesa.
Después de tan solo un minuto y mientras los jóvenes charlaban, advirtieron la presencia de Gonzalo, quien miró a su hija antes de decir de manera contundente:
De inmediato, Jaime se apresuró a contestar:
—Bueno, solo tres oficiales han venido, así que dudo que logren convencerme sin pelear; al parecer, el Ministerio de Justicia no envió suficientes elementos para protegerla. —La voz del apuesto hombre resonó en tono gentil.
Ante sus palabras, Isabel no pudo evitar pensar:
«Al parecer, Jaime sabe que podemos obligarlo a abandonar su hogar».
Ante esa idea, la joven se apresuró a comentar, resignada:
—En realidad, sé a la perfección que no podríamos detenerlo; sin embargo, debo decirle la verdad en todo momento.

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