Por la noche, Mariano llevó un regalo para celebrar con Bianca.
Pero cuando recibió la ubicación que le envió su hermana, frunció el ceño con fuerza.
Ritmo Salvaje.
...
Ese nombre no sonaba a un lugar decente en lo absoluto.
Al llegar en su coche y mirar hacia arriba, viendo el letrero de neón multicolor tan brillante que casi dejaba ciego a cualquiera, a Mariano le tembló la comisura de los labios.
De pronto recordó.
Ese lugar era un club nocturno recién inaugurado, pero a diferencia de los antros tradicionales, el público objetivo de este sitio eran mujeres jóvenes y adineradas.
Por eso tenían a los modelos masculinos más cotizados; la mayoría de las clientas iban allí por la cara bonita y el cuerpo de los muchachos.
Mariano había escuchado a un cliente mencionarlo en una cena de negocios.
Un cliente de unos cincuenta años se quejaba amargamente de que su hija se la pasaba todo el día obsesionada con el modelo estrella de Ritmo Salvaje, negándose a tener citas o casarse, lo que lo tenía al borde del infarto.
En ese momento, Mariano solo lo tomó como una anécdota divertida y le aconsejó al cliente que fuera más abierto: —Los hombres pueden ir a gastar dinero en diversión, ¿por qué las mujeres no pueden contratar modelos? Los tiempos han cambiado, señor, hay que modernizarse.
Ahora que el karma le había pegado en la cara, tenía sentimientos encontrados.
Subió las escaleras, entró al privado y, al empujar la puerta, vio a dos tipos —que no sabía ni cómo describir— sentados a los lados de Bianca, llenándola de atenciones y halagos empalagosos.
Y su propia hermana estaba al otro lado del sofá, embobada con un tipo con pinta de rockero trasnochado.
Mariano sintió que le faltaba el aire y se aflojó la corbata con fuerza, pero no sirvió de mucho.
Entonces se dio cuenta de que la dificultad para respirar no era culpa de la corbata.
—Hermano, ¿llegaste? —Adriana vio entrar a Mariano y se acercó sonriendo con picardía—. Ay, hasta le trajiste regalo a Bianca. A ver, déjame ver qué compraste.
Mariano le apartó la mano con disgusto, miró de reojo al «rockero» en el sofá de piel y soltó con frialdad: —Vete a lavar las manos, me da asco.
Adriana se quedó pasmada unos segundos hasta que entendió la indirecta y torció la boca. —Estos son nuevos, todavía no han atendido a nadie.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...