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El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival romance Capítulo 50

Su mirada recorrió los libros apilados en la mesa de enfrente. Las palabras «Guía de Posgrado» hicieron que arqueara una ceja.

—¿Esto es para...? —Mariano miró a Bianca.

Bianca entendió su expresión de inmediato y se apresuró a aclarar:

—Director Fajardo, no me malinterprete. Aunque voy a estudiar un posgrado, no va a interferir con mi trabajo. Es una maestría ejecutiva, de esas que tienen clases los fines de semana.

Mariano no lo había malinterpretado. El día del cumpleaños, cuando llevó a su tío a casa, lo había escuchado mencionar algo al respecto. Sabía de la oportunidad académica que Bianca y su tío habían perdido en el pasado.

Soltó un «ajá» bajo y despreocupado, pero mantuvo el ceño ligeramente fruncido.

Bianca se mordió el labio observándolo. Poniéndose en sus zapatos, si ella fuera Mariano y viera a la empleada que acaba de robarse de otra empresa preparándose para un posgrado, también pensaría mal. Apenas se conocían, ¿cómo iba a saber él qué era verdad y qué era mentira?

Era normal que se preocupara.

Bianca dejó la pluma, pensó un momento y estaba a punto de explicarle con más sinceridad, cuando vio que Mariano se tocaba la barbilla y decía con seriedad:

—Bianca, te dije que fuera del horario laboral no me llames Director Fajardo. Dime Mariano.

Bianca, que estaba tensa buscando las palabras correctas, se quedó en blanco: «¿¿??».

¿Frunció el ceño solo por eso?

Bianca no supo si reír o llorar, pero sintió que el alma le volvía al cuerpo.

—De acuerdo, Mariano.

Quizás porque era la segunda vez que pronunciaba su nombre, esta vez le salió mucho más natural.

Los párpados del hombre se movieron ligeramente; parecía satisfecho.

Pasado el pequeño incidente, Bianca descansó lo suficiente y volvió a sumergirse en el estudio con total concentración.

El sol entraba por la ventana, bañando a Bianca en una luz dorada. Ella, envuelta en ese resplandor, no se daba cuenta de nada. Se veía tranquila y hermosa.

Mariano cruzó las largas piernas, se recargó en el respaldo de la silla y la admiró en silencio.

Pasó un buen rato hasta que se dio cuenta de que seguía en la página del título. Negó levemente con la cabeza y bajó la vista para buscar el índice, pero olvidó qué era lo que quería consultar. Ese librote era grueso como un ladrillo; si no usaba el índice, tardaría años en encontrar lo que buscaba.

Inquieto, volvió a levantar la vista. La mujer frente a él mantenía una calma imperturbable, sin levantar la cabeza ni una sola vez. Como si él no existiera.

Para Mariano, que siempre había sido el centro de atención de las mujeres dondequiera que iba, esto era un poco inusual.

En el camino, cosechó miradas de muchas estudiantes; algunas valientes incluso se acercaron a pedirle su contacto, pero él las rechazó a todas.

Al llegar a la cafetería, buscó a Bianca con la mirada. Él era alto y destacaba entre la multitud, pero no la veía.

¿Se había equivocado? ¿No estaba ahí?

—Sergio, ¿está bueno el guisado de aquí?

Mariano sacó su celular para enviarle un mensaje, pero una voz familiar lo detuvo. Siguió el sonido.

Bianca estaba sonriendo radiante, discutiendo con Sergio qué platillo estaba mejor. Esa sonrisa era totalmente diferente a la actitud reservada y cautelosa que tenía con él.

Mariano entrecerró los ojos.

Sergio. Él también lo conocía; era el alumno favorito de su tío.

No esperaba que Bianca y Sergio se llevaran tan bien.

Mariano tomó una charola y se acercó en tres zancadas hasta quedar detrás de ellos.

—El guisado está equis, mejor pide la carne asada o el pollo rostizado.

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