Mariano bajó la mirada.
—En aquel tiempo, escuché por accidente a Camila discutiendo por teléfono sobre dinero. Ahora deduzco que hablaba con Héctor.
»Tuve mis sospechas, pero por un lado no quería creerlo; mi subconsciente se negaba a aceptar que ella fuera capaz de algo así. Por otro lado, cuando me calmé e intenté investigar, no pude encontrar a la persona con la que hablaba. Ahora sé que, poco después del secuestro, alguien denunció a Héctor. Lo condenaron a ocho años por varios delitos y apenas salió libre hace un año. Y quien dio el aviso a la policía fue Camila.
»Eso hizo que se perdiera el rastro. Pensé que me estaba volviendo paranoico y dejé de investigar.
Todos miraron a Camila. A diferencia de la sorpresa anterior, ahora sentían escalofríos.
En esa época ella no tenía ni veinte años, y aun así poseía una mente tan calculadora.
¡Esa mujer era aterradora!
Esteban también se quedó paralizado.
En su mente aparecieron inconscientemente las imágenes del cadáver calcinado de su padre y de su madre desmayándose del dolor en sus brazos.
Si Camila era la verdadera autora intelectual, ¿qué significaba todo lo que él había hecho por ella estos años?
Había puesto en un pedestal a la asesina de su padre, la había cuidado y tratado de conmoverla para hacerla suya.
¿Qué era esto?
¡¿Qué carajos era esto?!
Esteban miró lentamente a Camila. Sus ojos, habitualmente gentiles, reflejaban desesperación mientras preguntaba en voz baja:
—Camila, todo lo que dice es mentira, ¿verdad? Tú no hiciste esas cosas, ¿cierto? Dímelo, di que no fuiste tú. ¡Solo tienes que decirlo y te creeré!
Camila, aún tirada en el suelo, le sostuvo la mirada.
En realidad, después de tantos años, si había alguien con quien se sentía en deuda, además de Martín, era con Esteban.
Sin él, no habría vivido tan cómodamente en el extranjero; la vida la habría destrozado hace mucho.
Si no hubiera ocurrido el incidente con Héctor, podría haber seguido engañándolo.
Pero ahora, mentir ya no tenía sentido.
Camila tosió sin parar, con lágrimas brotando por la asfixia, hasta que logró calmarse un poco.
Soltó una risa amarga.
—Yo no quería, pero no tenía opción. ¡No tenía salida!
»Cuando supe que mi papá apostaba, traté de convencerlo de que lo dejara. Entonces entendí por qué dicen que el vicio es el diablo; él ya era adicto y no podía parar. Las deudas crecían y, aunque vaciamos los ahorros, seguíamos debiendo una fortuna. Héctor, ese desgraciado, le dio la idea de robar a la familia Fajardo para tapar el agujero, pero ni eso fue suficiente. Los prestamistas sabían que él tenía una hija joven y bonita, así que pusieron sus ojos en mí.
Miró a Mariano.
—¿Recuerdas esa vez que salí de clases y me reclamaste por no esperarte? No fue que no quisiera esperarte, es que me secuestraron.
Las pupilas de Mariano se contrajeron.
—¿Los prestamistas?
—Sí. Me secuestraron, me quitaron la ropa y llamaron a mi papá. Lo amenazaron con que si no pagaba, me venderían a un congal en la zona roja para pagar la deuda con mi cuerpo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que lo Dejé, Firmé con su Mayor Rival
Me han quitado ya mas 15 desbloqueo los capítulos me da error y no se abren que esta pasando...