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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 238

Cuando Marisa dejó el celular a un lado y alzó la mirada, en cuanto miró por la ventana del carro, algo le pareció fuera de lugar.

Aunque sabía que ese restaurante italiano estaba en las afueras de la ciudad, el paisaje exterior era demasiado verde, puro campo. ¡Iban directo al pueblo!

—Señor, ¿no habrá puesto mal la dirección en el GPS?

Mientras hablaba, bajó la vista para revisar la hora en su celular.

Pasaron varios segundos y el conductor no respondió. Solo entonces notó que algo andaba mal con él.

—Señor... ¿señor?

Marisa repitió el llamado, pero tampoco obtuvo respuesta.

Frunció el ceño. Después de lo que le había pasado en la Iglesia de San Pablo, su instinto de alerta se disparó de inmediato.

Agarró su celular con fuerza. ¡Tenía que pedir ayuda! Sabía que, mientras más rápido actuara, menos probable sería que las cosas se salieran de control.

Se obligó a mantener la calma, bajó la mirada y buscó en su lista de contactos.

Sus ojos se detuvieron en el nombre de “Rubén”.

Sin pensarlo, supo que si se encontraba en peligro, tenía que avisarle a Rubén antes que a nadie.

Le temblaron un poco los dedos al tocar la pantalla. Ni siquiera se dio cuenta.

Marcó el número y, en cuanto vio que comenzaba a sonar, sintió que el corazón se le aflojaba de golpe.

Eso era lo que Rubén le daba: una sensación de seguridad única.

No importaba lo que pasara, mientras pudiera llamarlo, su corazón encontraba paz.

Pero justo cuando el celular empezó a llamar, el conductor pisó el freno de golpe. Se giró bruscamente hacia ella, con una cara retorcida y llena de furia.

Marisa se quedó tan helada que hasta se le olvidó respirar.

Esa expresión, esa mirada... daba auténtico miedo.

—¿Crees que vas a pedir ayuda? Desde el momento en que subiste a mi carro, ya era demasiado tarde para ti.

...

En una vieja casa abandonada en las afueras, la puerta de madera rechinó cuando la abrieron.

Marisa bajó los ojos, pero al levantar la vista, lo primero que vio fue una barriga de embarazada.

No necesitó ver nada más para saber de quién se trataba.

¡Noelia!

—Noelia, lo que sea que quieras, platiquémoslo. No es necesario hacer esto... no tienes por qué matarme.

Noelia soltó una risotada sarcástica.

—Mira, no eres nada tonta, ya te diste cuenta de que vinimos a matarte. Pero esa inteligencia tuya... mejor guárdala para la próxima vida.

Después le echó una mirada a Héctor.

—¿Qué esperas? ¡Baja la gasolina del carro!

Marisa no apartó la vista de la cara de Noelia. En sus ojos, esa mujer tenía una decisión terrible; ni siquiera parpadeó al ordenar algo tan atroz.

Su corazón latía cada vez más rápido.

Intentó calmarse, respiró varias veces, pero el sudor le seguía brotando en la frente.

Su voz tembló cuando volvió a hablar:

—Noelia, vas a tener a tu hijo pronto. Aunque sea por él, por el bebé que llevas, no tienes por qué hacer esto... no te conviene cargar con esto.

Noelia levantó la cabeza y se echó a reír, con una risa tan fuerte y amarga que erizaba la piel.

—¿Por el hijo que llevo? ¡Por él mismo es que tengo que matarte!

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