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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 237

Marisa y Alberto habían quedado de verse a las doce del día en un restaurante italiano en las afueras de la ciudad.

Ella salió con tiempo de sobra. Al fin y al cabo, él era alguien de mucha experiencia y además, una figura importante. No podía permitirse llegar tarde y hacerlo esperar.

El chofer de la familia Olmo la llevaba hacia el restaurante, conduciendo tranquilo mientras platicaba con ella.

—Señora, mi hija es fan de su grafiti en el Zoológico Arcoíris. La semana pasada me insistió tanto que acabamos yendo solo para tomarse fotos. Mire, aquí tengo unas fotos en mi celular.

Aprovechando que el semáforo estaba en rojo, el chofer desbloqueó su teléfono y le mostró las fotos a Marisa.

Ella sonrió con calidez.

—Su hija es adorable. Si le gustan mis pinturas, puedo regalarle un cuadro al óleo.

El chofer casi no lo podía creer.

—¿En serio? ¡Qué detalle! Mi hija nació en el año de la oveja. Si pudiera regalarle un cuadro de una ovejita, se pondría feliz como nunca.

La sonrisa de Marisa no desapareció.

—Con mucho gusto. Yo se lo hago llegar.

El chofer guardó el teléfono, esperando el cambio de luz. Justo cuando se preparaba para soltar el freno, de pronto —¡PUM!—, un golpe fuerte sacudió el carro y los hizo avanzar varios metros hacia adelante.

El choque inesperado aceleró el pulso de Marisa.

El chofer, nervioso, apagó el motor y puso el freno de mano.

—Nos chocó por detrás ese camión de carga. Señora, quedarnos aquí en medio del semáforo no es seguro. Será mejor que se baje, voy a platicar con el chofer del camión para ver cómo lo resolvemos.

Todavía algo alterada, Marisa descendió del carro y se apartó hacia la banqueta, lejos del tráfico. Desde ahí, observó al camión que los había golpeado. El camino estaba despejado, sin obstáculos: ¿acaso el chofer del camión venía distraído o borracho?

El chofer volvió después de negociar con el otro conductor, con el ceño arrugado y un aire de disculpa.

—Señora, ya conseguí un taxi.

Marisa subió al taxi, y al sentir el asiento bajo ella, por fin bajó la guardia un poco.

Durante el choque, de verdad temió que acabaría llegando tarde.

No podía permitirse retrasarse en una cita con una persona tan influyente. Solo de pensarlo, se le revolvía el estómago.

Le dijo el nombre del restaurante al taxista y luego bajó la mirada para revisar el celular. Faltaban unos cinco o seis kilómetros. Incluso si había algo de tráfico, llegaría en unos veinte minutos. Todavía alcanzaría a llegar antes de la hora.

Eso la tranquilizó.

Sin embargo, Marisa no conocía bien las calles de las afueras, así que ni siquiera se dio cuenta cuando el taxi tomó un rumbo diferente.

En el asiento del conductor, el taxista —con un cubrebocas que ocultaba su rostro— la observó furtivamente a través del retrovisor. En sus ojos se asomaba una dureza feroz, como la de un depredador que ya eligió a su presa.

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