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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 279

El vestíbulo del hotel estaba a reventar de gente, todo el mundo iba y venía, y según lo que Marisa conocía de Samuel, él jamás haría una locura ahí.

Sin embargo, Marisa se dio cuenta de que, en realidad, todavía sabía muy poco de Samuel.

Para sorpresa de todos, él volvió a arrodillarse justo como hace un momento, sin importarle la cantidad de miradas. Y encima, sacó de su bolsillo un pequeño estuche de terciopelo rojo.

Con mirada decidida, Samuel abrió el estuche. Dentro, una sortija de diamante se mostraba vertical, resplandeciente, imposible de ignorar.

La piedra era tan grande que rayaba en lo exagerado, calculó Marisa, unas cinco o seis quilates.

En cuanto Samuel hizo ese movimiento, llamó la atención de todos a su alrededor.

Los murmullos no se hicieron esperar.

—¡Wow! Es una propuesta de matrimonio, mira el tamaño de ese anillo, ¡qué romántico!

—La chica es hermosa, y el tipo tampoco está nada mal. ¿Quién iba a pensar que, viniendo a este hotel, me tocaría presenciar una pedida de mano? ¡Graba, graba!

Sin poder disimularlo, el fastidio se escapó del semblante de Marisa. Clavó los ojos en Samuel y le reclamó:

—¿Y ahora qué tontería te traes?

Samuel seguía arrodillado, perfectamente derecho, con los ojos brillando de entusiasmo y una sinceridad tan obvia que parecía actuar para todo el salón.

—Marisa, te amo. Lo que pasó, que se lo lleve el viento. Te propongo que empecemos de nuevo, desde cero.

Su voz resonó con tal fuerza, que era imposible que los presentes no lo escucharan.

De inmediato, el público se animó, gritando al unísono:

—¡Cásate con él! ¡Cásate con él! ¡Cásate con él!

Marisa de verdad ya no sabía si reír o llorar. Bajó la voz y le advirtió:

—Si vas a armar tu show, luego no digas que no te advertí cuando te deje en ridículo.

Samuel siempre se había jactado de ser el rico de Clarosol, le encantaba que todos supieran lo adinerado que era.

Marisa pensó un rato y, con calma calculada, soltó:

—Ese anillo está muy pequeño, la verdad. Está muy simple. Cuando tengas uno que de verdad valga la pena, lo hablamos.

El color se le subió al rostro a Samuel, que por fin pareció sentir el peso de la humillación.

Por un momento, Marisa creyó que Samuel iba a darse por vencido, pero él, lejos de soltarla, le tomó la mano y la jaló.

—Marisa, el que quieras, el tamaño que tú digas. Te lo compro ahora mismo. ¡Vámonos ya!

A su alrededor, los comentarios no se hicieron esperar.

—Ya ven, donde hay amor, ahí va el dinero. Si un hombre de verdad ama, no escatima en gastar para su mujer.

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