Claudio no podía ocultar su desesperación.
—¿De verdad vas a seguir así? Ya llegamos a este punto y todavía no te atreves a decirle lo que sientes —le soltó, con ese tono de quien ve a su amigo tropezar siempre con la misma piedra.
Rubén recordó lo que pasó la noche anterior, y contestó con calma:
—Ya le dije lo que sentía.
Claudio frunció el ceño, incrédulo.
—¿Y qué te dijo Marisa?
Al evocar la escena de anoche, cuando Marisa se desmayó justo en ese instante y terminó en sus brazos, Rubén sólo pudo pensar que ella había escuchado todo, pero simplemente no quería responderle. Tal vez, desde el principio, él nunca debió ponerla en esa posición incómoda, obligándola a buscar la manera de esquivarlo.
—En su corazón... no hay lugar para mí.
Claudio soltó un suspiro, resignado. Parecía convencido de que los románticos empedernidos sólo nacen en familias adineradas, pero que, irónicamente, son quienes terminan llevándose los golpes más duros.
...
Marisa, con el corazón en un puño y dos cuadros en mano, salió huyendo hasta el hotel.
Como era día laboral, Sabrina ya se había ido a trabajar.
La suite estaba vacía, así que, después de acomodar sus óleos, Marisa recordó que le había prometido al chofer de la familia Olmo llevarle una pintura para su hija. Decidió bajar a comprar algunos materiales para pintar.
Apenas cruzó la puerta del cuarto, se topó con el último rostro que hubiera querido ver.
Samuel, a quien llevaba días sin ver, lucía agotado. Tenía ojeras profundas y la barba desaliñada, el cabello revuelto y el semblante perdido.
Marisa entró en modo alerta máxima, apretando el celular entre los dedos, lista para pedir ayuda en cualquier momento.
Lo miró de reojo, desconfiada.
—¿Me estás siguiendo?
Samuel negó con la cabeza.
—No, Marisa. Sólo supe que te hospedabas aquí y desde entonces he estado esperando.
Marisa arrugó la frente. Para ella, eso era lo mismo que acosarla.
Los ojos de Samuel se abrieron de par en par, y hasta los hombros le temblaron.
—¿Todavía sigues enojada conmigo? —preguntó, incrédulo.
A Marisa le pareció absurdo. Así que este Samuel había estado tranquilo unos días solo porque creía que ella estaba molesta, esperando que se le pasara el coraje.
—Alguien como tú ni siquiera merece que me enoje.
No valía la pena gastar energías en él. Es como la basura apestosa de la calle: nadie se pone a insultarla, simplemente la evitan.
Y Marisa, en ese momento, sólo quería alejarse lo más posible.
—Si quieres quedarte ahí arrodillado, pues quédate.
Dicho esto, aprovechó que Samuel aún no reaccionaba y se dirigió a toda prisa al elevador. Por suerte, uno ya estaba en ese piso.
Oprimió el botón de cerrar puertas, y para cuando Samuel intentó levantarse, ya se había ido.
Marisa creyó que por fin se había librado de Samuel. Pero al bajar al lobby y apenas caminar unos pasos, sintió una mano que le apretaba la muñeca. En ese momento, supo que Samuel era como ese chicle pegado al zapato que no hay manera de quitar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...