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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 809

Marisa apartó la mirada de la pantalla y clavó sus ojos directamente en Rubén.

Él notó el peso de su escrutinio, levantó una ceja y preguntó:

—¿Tienes algo que decir?

Marisa bloqueó la pantalla de su teléfono y lanzó la pregunta sin anestesia:

—¿Sientes culpa por lo que me hiciste?

La franqueza del ataque fue tan inesperada que Rubén se quedó paralizado durante unos largos segundos, procesando el golpe.

Se mordió levemente el labio inferior. Él siempre había sido un maestro leyendo las intenciones de los demás, pero en ese momento, el rostro de Marisa era un muro impenetrable.

Al no poder descifrar lo que ella planeaba, decidió responder simplemente con la verdad.

—Sí... la siento.

Marisa dejó escapar un suspiro suave.

—Bien. Ya que te sientes culpable, ¿puedo aprovechar que ese sentimiento aún no se desvanece para pedirte algo?

Esa fue otra sorpresa. Rubén jamás imaginó que llegaría el día en que Marisa le pidiera algo por iniciativa propia. Y por supuesto, estaba más que dispuesto a dárselo. Todo lo que ella pidiera y él pudiera conseguir, sería suyo.

Tragándose la curiosidad que le picaba en el pecho, mantuvo su expresión serena.

—Por supuesto. Pide lo que quieras.

Marisa lo miró fijamente.

—Quiero la galería Jasmine.

La firmeza de sus palabras resonó en los oídos de Rubén, dejándolo ligeramente aturdido.

La realidad era que él nunca tuvo la intención de arrebatarle Jasmine. Aquel rumor de que había prohibido que le dieran inversiones a Marisa había sido exactamente eso, un rumor sin fundamento.

Lo que lo desconcertaba era que, después de meses de haber dejado el tema por la paz, Marisa quisiera recuperar la galería de manera tan repentina.

Al ver que Rubén guardaba silencio, Marisa retrocedió de inmediato, asumiendo lo peor.

—Olvídalo. Si no quieres dársela, no pasa nada. Solo lo dije por decir...

El auto avanzaba a paso firme hacia la casa de la familia Páez.

Y con cada kilómetro que recorrían, los nervios de Marisa se tensaban un poco más.

Rubén bajó la mirada y notó cómo las manos de ella estaban apretadas sobre su regazo, con los nudillos blancos por la tensión.

Extendió su mano y la cubrió con suavidad.

—Tranquila. Estoy aquí contigo. Todo va a salir perfecto.

Marisa apartó la mano de un tirón, rechazando el contacto.

—Señor Olmo, una cosa es fingir, y otra muy distinta es que usted olvide su lugar. Compórtese.

Rubén se quedó mirando su propia mano, ahora vacía en el aire. El calor de la piel de Marisa parecía seguir impregnado en su palma.

Al llegar al edificio de los Páez, Víctor y Yolanda ya estaban esperando en la entrada. Llevaban quién sabe cuánto tiempo ahí de pie. Al ver que Marisa y Rubén bajaban juntos del mismo auto, ambos soltaron un suspiro de alivio.

Al bajar, Rubén actuó como el caballero perfecto: puso una mano sobre el marco de la puerta para proteger la cabeza de Marisa y le ofreció la otra, esperando con paciencia a que ella la tomara.

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