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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 861

Ambos caminaban a la par, platicando animadamente.

—¿Así que te enteraste de que Macarena Cruz soltó Jasmine? —comentó Gonzalo—. ¿Eso significa que tú eres la dueña absoluta ahora? ¿Regresaste a Clarosol para tomar las riendas de la galería?

Hacía unas semanas, el escándalo de Macarena y la galería había explotado en todos los círculos sociales. Se decía que Rubén Olmo le había ofrecido una fortuna a la familia Cruz para obligarla a desistir.

Macarena había crecido en la alta sociedad; sabía perfectamente que, en ese mundo, los intereses de la familia siempre estaban por encima de los caprichos personales. Pero se había aferrado con uñas y dientes, e incluso había arrastrado a César Domínguez al pleito.

Al final, todo terminó con ella rindiéndose.

Si soltaba la galería por las buenas, al menos sacaba algo de provecho. Si la obligaban por las malas, iba a terminar perdiéndolo todo y haciendo el ridículo.

Y todos sabían perfectamente por quién había movido cielo y tierra Rubén Olmo para recuperar esa galería.

Marisa lo miró, genuinamente curiosa.

—¿Tan rápido voló el chisme? Ni siquiera he puesto un pie en las oficinas de Jasmine todavía.

Gonzalo arqueó una ceja con malicia.

—Puede que no hayas ido, pero cualquier persona con dos dedos de frente sabe que, si Rubén Olmo está detrás de Jasmine, el nombre de la futura dueña empieza con M de Marisa.

Marisa soltó una carcajada cristalina.

—Qué listos me salieron. Pero a ver... ¿Acaso Rubén y yo no estamos ya divorciados?

Gonzalo se encogió de hombros, divertido.

—La gente se divorcia y se vuelve a casar todos los días. La vida es muy larga, y ustedes están en la edad perfecta para hacer locuras.

Marisa se limitó a sonreír en silencio.

Al momento de abordar el jet privado, Sabrina se coló al lado de Marisa y le pasó el brazo por la pequeña cintura.

—Conque cambio de look, ¿eh? ¿A quién planeas matar de un infarto hoy?

Marisa le devolvió el abrazo, apretándola por la cintura.

Ya dentro de la cabina, Rubén se dejó caer en el primer asiento vacío que encontró.

La pantalla de su celular se iluminó con un mensaje de WhatsApp de José.

"Señor Olmo, ¿entonces no va a presidir la junta semestral del Grupo?"

Rubén deslizó el dedo para desbloquear la pantalla y tecleó una única palabra: "No".

No había terminado de bloquear el teléfono cuando la sombra de una silueta femenina se proyectó sobre él.

—¿Está ocupado este asiento?

Rubén se hizo hacia la ventanilla, instintivamente. Le parecía absurdo. Era un jet privado enorme con decenas de lugares libres; no había ninguna necesidad de ir amontonados. ¿Por qué demonios alguien querría sentarse a su lado?

Pero, la verdad, estaba acostumbrado. En su círculo, las mujeres siempre buscaban cualquier pretexto para acercarse a él.

Sin embargo... esa voz sonaba demasiado familiar. Tan familiar, que era imposible que fuera ella quien le estuviera pidiendo sentarse a su lado.

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