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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 862

Rubén levantó la mirada y el rostro radiante y encantador de Marisa se reflejó en sus pupilas.

En el pasado, Rubén nunca se había dado cuenta de que Marisa tuviera esta faceta.

Sentía que la Marisa de hoy lucía completamente renovada, muy diferente a como solía ser.

Antes, su belleza era reservada, siempre manteniendo las formas.

Pero la mujer que ahora brillaba frente a sus ojos irradiaba una luz audaz y extrovertida.

Sin importar cuál de las dos versiones fuera, ambas lograban alterar los latidos de Rubén.

Marisa frunció ligeramente el ceño al no obtener respuesta, así que empezó a buscar otro asiento.

—¿Ah? ¿Está ocupado? —preguntó ella.

Justo cuando estaba por irse a buscar otro lugar, Rubén habló con torpeza.

—No, no hay nadie —respondió.

Los labios de Marisa se curvaron en una sonrisa y, con total naturalidad, se sentó en el asiento contiguo al de Rubén.

Apenas se acomodó, los murmullos comenzaron a escucharse entre la multitud.

La mayoría especulaba sobre la relación entre ella y Rubén.

Como todos pertenecían al mismo círculo social, sabían perfectamente que ya estaban divorciados. Ver a dos personas separadas sentarse juntas inevitablemente desataba los chismes.

Especialmente entre aquellos que tenían más confianza con ellos.

Gonzalo León, ya bastante confundido por la actitud de ambos, comentó por lo bajo.

—¿Qué está pasando ahora? ¿Rubén no tenía una secretaria que siempre andaba con él a todos lados? Todos decían que era su nueva pareja, ¿por qué no la veo hoy?

Sabrina torció los labios.

—Mi prima es de armas tomar, no entiendo por qué se sentaría al lado de Rubén por voluntad propia.

Claudio, entrecerrando los ojos, observó la escena.

—¿No han notado que Marisa se ve muy diferente hoy? —preguntó.

Cristian Quiroz asintió con evidente interés.

—Sí, la verdad es que parece otra persona —confirmó.

—Con reglas tan simples, ¿por qué no sabría?

Las reglas del Texas Hold'em en efecto eran simples, pero si alguien no jugaba, ¿cómo podría conocerlas?

Y Marisa no tenía pinta de haber pisado un casino en su vida.

Sin embargo, allí estaba, sentada en la mesa con aire de experta, luciendo relajada y sin rastro de ser una novata.

Rubén la miró de reojo. Esa actitud era algo que definitivamente no se esperaba.

Sabía que ella era una mujer con muchas facetas, pero nunca imaginó que llegaría a este nivel.

Al ver cómo se hacía pasar por ingenua para luego, con una escalera oculta, destrozar el par de ases de Cristian, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Rubén.

Cristian se cubrió la frente, frustrado.

—¡Me confié demasiado! —exclamó.

Marisa arrastró las fichas hacia ella y le guiñó un ojo a Cristian.

—Justo pensaba ir de compras al llegar a la isla. Gracias al doctor Quiroz por su generoso patrocinio —dijo con una sonrisa.

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