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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 863

No se quedó a prolongar su buena racha; supo retirarse a tiempo sin darles oportunidad de revancha.

Gonzalo León soltó una risa ingenua y, cuando Marisa se alejó lo suficiente, murmuró en voz baja.

—De verdad tiene mucho encanto, ¿no?

Antes de que alguien más pudiera darle la razón, Rubén apareció como un fantasma a su lado y habló con voz grave.

—Por mucho encanto que tenga, no es para que tú te la imagines.

La tranquilidad que Gonzalo sentía hace un segundo fue arrasada por las palabras de Rubén, como si una ola gigante le hubiera caído encima. Apretó los dientes, sintiéndose humillado, y respondió con torpeza.

—De verdad que no tienes códigos.

Él había sido el primero en divorciarse y rechazarla, pero ahora actuaba con una posesividad absoluta. Era imposible no querer reclamarle.

Y aunque Gonzalo no se atrevía a quejarse demasiado por los negocios que compartía con Rubén, siempre habría alguien dispuesto a ponerlo en su lugar.

Sabrina habló con evidente desdén.

—Ahora cualquiera puede imaginarse cosas con Marisa, después de todo, es una mujer soltera. Pero usted, señor Olmo, debería saber que nadie vuelve con su ex. Un concepto muy simple, ¿no cree?

Rubén le dirigió una mirada a Sabrina, pero no respondió. Solo levantó una ceja y regresó a su asiento.

Al volver, vio que Marisa seguía contando sus fichas con mucho entusiasmo.

Al notar que él llegaba, ella se levantó de inmediato para dejarlo pasar a su lugar.

Al sentarse, Rubén rozó levemente el hombro de Marisa y el familiar perfume de su cabello invadió sus sentidos.

Una vez acomodado, movió los labios y, tras unos segundos, preguntó en voz baja.

—Esta vez que regresaste a Clarosol, ¿ya no te vas a ir?

José le había informado que Marisa ya había renunciado a su trabajo en Vientario.

Al principio, a Rubén le preocupó que lo hubiera hecho porque alguien la molestaba en la galería. Pero luego lo pensó mejor: ella era Marisa Páez, no le temblaría el pulso ante las trampas de gente mezquina.

Tras terminar de contar sus fichas, Marisa asintió.

—Sí, me quedo —respondió.

Se puso de pie y le hizo una seña a Claudio con la mano.

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