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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 883

César mantenía una expresión impenetrable. Desde aquel incidente, parecía incapaz de sentir la más mínima emoción por Macarena.

Ya no le importaba si ella actuaba de forma razonable o si armaba berrinches.

Él soltó una risa seca.

—Si yo hubiera sabido que Rubén se marcharía con tanta prisa, tampoco te habría traído.

Su intención principal al llevarla era que Macarena mantuviera ocupado a Rubén, pero nadie contaba con que el hombre se iría por su cuenta.

La mirada de César se desvió hacia Marisa. La luz del sol costero bañaba su piel y la brisa marina jugaba con su cabello. A sus ojos, lucía aún más fascinante.

Mientras Macarena intentaba limpiar las manchas de su vestido, murmuraba llena de rencor.

—Muy bien, Marisa, ¿te atreves a humillarme así? No te bastó con quitarme a Jasmine, ¿ahora también quieres avergonzarme en público? Si no te doy una lección, vas a pensar que puedes pisotearme cuando quieras.

Tras su murmullo, Macarena entrecerró los ojos hacia la playa.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro. Caminó decidida hacia el centro de la multitud, justo al lado de donde estaba Marisa.

Después del corte simbólico del pastel, los meseros comenzaron a repartir las rebanadas entre los invitados.

Macarena tomó un plato y, fingiendo sorpresa, miró el cuello de Marisa.

—¡Dios mío! Marisa, ¿te lastimaste ahí?

Mientras hablaba, señaló descaradamente la piel de su cuello.

Solo entonces Marisa recordó las marcas que habían quedado de la noche anterior.

No le importaba el estatus que la familia Cruz tuviera en Clarosol. Esa isla había sido reservada por completo para ella y Claudio, y estaba lista para echarla a patadas en cualquier momento.

Macarena siguió con su pésima actuación de víctima, fingiendo indignación.

—¿Por qué me atacas a mí cuando es Marisa la que anda haciendo cosas indecentes? ¿Solo porque es tu prima la vas a defender ciegamente? Eres el colmo, Sabrina.

La furia de Sabrina estaba a punto de estallar, y Claudio tampoco estaba dispuesto a tolerar más faltas de respeto. Justo cuando él se preparaba para intervenir, Marisa tomó las riendas de la situación.

—¿Tener unas marcas en el cuello me hace una persona indecente? La falta de educación de la señorita Cruz es realmente preocupante.

Marisa dio un paso al frente con la cabeza en alto, sin hacer el menor intento por ocultar las marcas en su piel. De hecho, fue brutalmente honesta.

—Sí, son marcas de una noche de pasión, ¿y qué? Primero, no te he hecho ningún daño a ti. Segundo, no le he faltado el respeto a nadie aquí presente. ¿Con qué derecho vienes a gritarme en la cara? Hoy es la fiesta de compromiso de mi hermana, y no quiero que luego andes llorando diciendo que nos aprovechamos de ti. Pero si en otro lugar te atreves a venir con estas estupideces, te aseguro que no dudaré en dejarte la marca de mi mano en la cara.

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