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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 929

Tras terminar de secarle el cabello, Marisa rebuscó en el clóset y sacó un conjunto de ropa limpia.

—Cámbiate.

Rubén miró la ropa de reojo, su voz cargada de un sarcasmo relajado.

—¿Estás usando el pretexto de cuidarme solo para recrear la vista con cosas que normalmente no puedes ver?

Marisa se cruzó de brazos, fingiendo un aire de superioridad despectiva.

—Por favor. No hay un solo milímetro de ti que yo no conozca de memoria.

Él asintió con una media sonrisa.

—Cierto. No puedo argumentar contra eso.

Tomó las prendas, se desató la toalla de la cintura con total desparpajo y comenzó a vestirse como si no hubiera nadie más en la habitación.

Marisa pudo contemplar su cuerpo con absoluta nitidez.

Su figura envidiable y tonificada no había cambiado demasiado, aunque resultaba evidente que el bisturí y el arduo proceso de la enfermedad le habían robado algo de masa muscular, dejándolo más delgado.

De la nada, ella soltó una pregunta que le quemaba por dentro.

—Aquel día, cuando te dije que seguro habías dejado el gimnasio porque estabas perdiendo figura... ¿Fui demasiado cruel?

Los dedos de Rubén se congelaron en medio de un botón.

Soltó una risa ahogada. Había visto a Marisa en su faceta madura y prudente tantas veces que, cuando se mostraba así de vulnerable e imprudente, a él le resultaba entrañable.

—No fuiste cruel.

Ella bajó la mirada, atormentada por la culpa.

—¿Cómo que no? Reclamarle a un hombre enfermo, a alguien que está al borde de la muerte, que su cuerpo ya no se ve igual de atractivo y acusarlo de flojo... Lo mires por donde lo mires, es algo horrible.

Viendo cómo se flagelaba en su propio espiral de remordimiento, Rubén sonrió con ternura y trató de aligerar su carga.

—¿Por qué te castigas así? Tú no sabías nada de mi estado de salud. Además, que me hicieras o no esa pregunta no iba a alterar en lo absoluto el curso de la enfermedad.

La serenidad de Rubén siempre había sido inquebrantable.

El momento de calma se rompió cuando los ojos de Marisa vagaron hacia el balcón y notaron que el caballete estaba completamente desnudo.

Corrió hacia allá para cerciorarse.

—¿Dónde están mis pinturas? ¿Las tiraste a la basura?

Rubén sintió un ligero temblor en los labios; presionarlos un instante era su tic involuntario antes de mentir descaradamente.

—Sí.

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