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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 939

Claudio sintió un escalofrío al pensar en las posibles consecuencias, pero trató de calmarse convenciéndose a sí mismo.

—Quiero creer que en el fondo entenderá que lo hice por su bien, ¿verdad? Yo solo quería empujarlo un poco para que tuviera una oportunidad con Marisa. ¿Qué mal hay en eso?

Mientras tanto, Sabrina, que había ido a la cocina supuestamente para ayudar, se dedicaba únicamente a quejarse.

—¿Alguien me explica qué le pasa a Rubén? Te está huyendo como si tuvieras la peste. ¿De verdad es necesario llegar a este extremo?

Fabiana, que tenía un radar integrado para los chismes, paró las orejas. Mientras arrojaba el ajo, el jengibre y la cebolla en el aceite hirviendo, aprovechó el estruendo para preguntar:

—¿Y por qué el señor Olmo quiere evitar a nuestra jefa?

Sabrina, que no tenía filtro, soltó la respuesta de inmediato.

—Porque tiene miedo de no poder vivir lo suficiente para quedarse a su lado.

Marisa le clavó una mirada gélida. Sabrina cerró la boca de golpe, hizo un puchero y puso los ojos en blanco.

—Bueno, bueno, ya no hablemos de ese hombre y su aura de mala suerte.

Cambió de tema rápidamente y se centró en la comida, genuinamente impresionada por las habilidades de Fabiana.

—¡Dios mío, señorita Barrera! El hombre que se case contigo se sacará la lotería. ¡Huele espectacular!

Y para darle más drama, Sabrina empezó a abanicarse con la mano, enviando el vapor hacia su rostro e inhalando profundamente el aroma del guiso.

Fabiana sonrió con orgullo.

—Ni siquiera necesito un hombre para presumir esto. Quien quiera comer delicioso, que venga. Si algún día se les antoja, solo tenemos que organizar otra reunión aquí en casa de la jefa.

Los platos empezaron a acumularse, y Fabiana se preparó para su obra maestra.

—Para el pescado frito tengo un toque especial... —murmuraba, enumerando los ingredientes de su receta secreta.

Sabrina la escuchaba fascinada.

Ninguna de las dos notó que Marisa había fruncido el ceño.

Sentía que algo no cuadraba. Era un pescado fresco, y con el adobo magistral de Fabiana, el olor debía ser solo a especias. Pero, por alguna razón, a Marisa le llegaba un olor crudo, espeso y sumamente asqueroso. Un olor visceral a marisco echado a perder.

Para no ofender a Fabiana, Marisa puso como excusa que iba un momento al baño.

Roció un poco de ambientador en el aire, intentando borrar ese tufo penetrante de sus fosas nasales.

Solo entonces sintió que podía volver a respirar con normalidad.

Capítulo 939 1

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