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Él Eligió a Otra, Yo Elegí a Su Hermano romance Capítulo 513

Alejandro sabía que Diego no tenía miedo.

Desde niños, incluso cuando se arriesgaba a que Fernando lo matara a golpes, siempre buscaba provocarlo.

Diego era de esos que preferían pagar el precio más alto con tal de hacer sentir a su enemigo un mínimo de dolor.

Pisabas su orgullo y él arriesgaba todo, sin importar las consecuencias.

Por un segundo, Alejandro pensó, con amarga ironía, que en el fondo Sofía tuvo suerte de cruzarse con él.

Si su futuro compañero no tuviera la fuerza para enfrentarse a Diego, ambos estarían condenados a una vida bajo su sombra, víctimas de su locura y de su necesidad de control.

Un hombre así podía arruinar vidas enteras.

Pero Alejandro no era un jugador suicida.

Tenía límites, tenía a alguien que proteger.

Y esa diferencia lo hacía peligroso de otra forma: no se arriesgaba por impulso, sino por estrategia.

—Lo que le hiciste a Sofía me basta para querer verte muerto —dijo con firmeza.

Diego se rio, seco.

Que Alejandro hablara de provocación le parecía una ironía absurda. Desde que ese hombre deseó a su exesposa, ya lo había provocado.

Y al fin y al cabo, ambos querían lo mismo: destruirse mutuamente, arruinarse sin dejar nada en pie.

—Entonces pégame —dijo Diego, arrogante, sin una pizca de miedo.

Él sabía que si se enfrentaban en serio, los dos iban a salir heridos.

Y eso lo complacía.

Alejandro lo miró fijo.

—Deberías dar gracias de que eres mi hermano.

Diego se molestó.

—¿Así que no te atreves?

Alejandro sonrió, implacable.

—No es que no me atreva. Es que no serviría de nada.

Diego escupió al suelo, ofuscado.

—¡Cobarde!

Alejandro inclinó un poco la cabeza, sereno.

Diego intentó aprovechar el movimiento para contraatacar, pero no lo logró.

El control de Alejandro era absoluto y su calma solo empeoraba la humillación.

—Eres patético —le dijo Diego mientras temblaba de rabia.

Alejandro no respondió de inmediato.

Solo lo observó con una mezcla de desprecio y compasión.

Luego habló, despacio, con precisión quirúrgica:

—Por todo el daño que le hiciste a Sofía, desearía poder despedazarte. Pero ¿sabes cuál es mi verdadera venganza? —miraba fijamente.

—Que todo el dolor que le causaste, ella lo va a sanar conmigo.

"En otras palabras, tú mismo, Diego, la pusiste en mis brazos."

El silencio se volvió abrasivo.

Diego se quedó inmóvil, impactado.

Su cara seguía pálida.

Temblaba.

Esa frase lo atravesó más hondo que cualquier golpe.

Alejandro era el tipo de hombre que no gritaba.

Y sin embargo, sus palabras destruían.

Su forma de herir era certera... y mortal.

Diego sabía que lo estaba desarmando.

¿Eran pareja?

Todo encajó.

Alejandro no dijo nada.

Solo la agarró fuerte y la llevó hasta el helicóptero.

Subieron y el sonido de las hélices se volvió ensordecedor.

Entonces, con un estruendo metálico, Diego entró a la azotea de repente.

Sus ojos, desorbitados, la buscaron.

—¡Sofía! —gritó.

Pero el helicóptero ya estaba despegando.

Corrió hacia este, desesperado, mientras tropezaba.

Se detuvo a unos metros del vacío mientras el aparato se elevaba entre el viento y la luz.

A través de la ventanilla, Sofía lo miró una última vez.

Su cara estaba tranquila.

No había odio, ni miedo, ni amor.

Solo indiferencia.

Y entonces, ante sus ojos, Sofía le pasó los brazos por el cuello a Alejandro y lo besó.

Aquel beso se fundió con el ruido del helicóptero y las luces nocturnas de San Rafael, mientras desaparecía en el horizonte.

Diego cayó de rodillas.

Intentó sostenerse con las manos, pero el cuerpo ya no le respondía.

El dolor en el pecho era tan intenso que casi no podía respirar.

Se llevó una mano al estómago y empezó a convulsionar.

El ruido asqueroso de él vomitando, mezclado con un llanto que nadie escuchó, fueron la coda de su fracaso.

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