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Él Eligió a Otra, Yo Elegí a Su Hermano romance Capítulo 527

El salón ya estaba impecable. No quedaba ni rastro del desorden ni del olor anterior. En cambio, se sentía agradable, como si hubieran rociado un poco de perfume. Una esquina del ventanal estaba abierta y la brisa nocturna movía las cortinas suavemente.

El ambiente era fresco, limpio y tranquilo. Desde allí se podía ver la ciudad iluminada, un mar de luces brillando a lo lejos.

Cuando Sofía volteó a mirar, vio a Alejandro sentado en el sofá mientras revisaba su teléfono, con la calma de siempre.

Alejandro mantenía una postura serena y de perfil se veía elegante...

Era como una escena de película. Bastaba mirarlo para sentir que el mundo se detenía.

Cuando escuchó el ruido de la puerta, levantó la cabeza. Su mirada se encontró con la de Sofía. Era penetrante y dulce, llena de ternura. Y de repente la vergüenza de haber vomitado se volvió irrelevante. Sofía sintió que incluso si lo hubiera hecho sobre él, Alejandro no se iba a burlar jamás. Era una certeza instintiva.

Sin embargo, su forma de mirarla cambió mucho. Antes su mirada era siempre correcta, formal, medida. Ahora no había contención: la recorrió con la vista de arriba abajo, sin disimulo, hasta detenerse otra vez en sus ojos.

El calor de esa mirada bastó para encenderle las orejas.

Sofía avanzó lentamente, paso a paso, hasta quedar frente a él. A menos de un metro. Sonrió sin mediar palabra.

Alejandro le tomó la mano sana con firmeza y, de un tirón suave, la atrajo a él. Sofía terminó sentada sobre sus piernas.

Debajo de la bata no llevaba nada. El contacto fue suficiente para que Alejandro lo notara y el aroma fresco de su piel recién bañada lo envolviese. Su mirada se puso más intensa y una mano quedó en su cintura mientras la otra descansó sobre su muslo, quieta, sin invadir.

—Lo hiciste muy bien —dijo en voz baja—. No mojaste la rodilla.

Sofía sonrió.

—Temo al dolor. No pienso sufrir si puedo evitarlo. Sé cuidarme sola.

El nombre de Diego cruzó fugazmente por la mente de Alejandro y se puso serio por un instante. Luego tomó la pomada.

—Dame la mano.

Sofía obedeció mientras le extendía la muñeca herida. La piel, blanca y suave, estaba marcada por moretones violáceos. Alejandro apretó los labios. Un destello severo cruzó su mirada, pero contuvo la rabia.

Puso un poco de crema en su dedo y comenzó a aplicarla con cuidado, despacio, con una precisión casi quirúrgica.

—¿Ese día estabas fingiendo estar dormida?

Sofía le lanzó una mirada fulminante. ¿De verdad le gustaba tanto provocarla con esa cara tan seria? Antes no lo notaba, pero ahora que estaban juntos lo disfrutaba descaradamente.

—No fingía nada. En cuanto cerré los ojos, viniste a tocarme la cara. Yo no estaba dormida, señor Montoya. Deberías reflexionar sobre eso. Aprovechaste que confiaba en ti. Qué decepción. Eres un... sinvergüenza.

Alejandro agachó la cabeza con firmeza.

—Perdón, Sofía.

Ella alzó una ceja.

—¿De verdad?

—No pude controlarme —dijo con voz sincera mientras la miraba a los ojos—. En serio, perdón.

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