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Él Eligió a Otra, Yo Elegí a Su Hermano romance Capítulo 530

La llamada entró de inmediato.

—¿Y bien? —preguntó Carmen, impaciente—. ¿Cómo terminó todo?

—Estoy con Alejandro —respondió Sofía sin tapujos.

Hubo un segundo de silencio. Luego un grito histérico le estalló en el oído:

—¡Sofía, no lo puedo creer! ¡Eres increíble! Dime, ¿tú te le declaraste o el señor Montoya no aguantó más y se te adelantó?

—Fui yo —contestó Sofía mientras se reía.

—¿Y por qué cambiaste de idea así, de repente?

—Porque igual íbamos a terminar juntos, tarde o temprano. Solo adelanté el proceso.

—¡Así se hace! —exclamó Carmen—. Bueno, cuéntame, ¿qué tal? ¿Se siente bien?

—Creo que es la primera vez que entiendo lo que significa estar enamorada.

Con un poco de esa dulzura, Sofía entendió lo vacía que fue su relación con Diego. Solo cuando abrazó a Alejandro sintió lo que era la verdadera intimidad.

Carmen lo entendió al instante y soltó una maldición:

—¡Ese imbécil de Diego!

Sofía suspiró.

—Cuando me preguntaste si alguna vez consideraría a Alejandro, te dije que no. Pero cuando conviví con él, cuando lo conocí de verdad... terminé enamorándome. Todo lo demás dejó de importar. Fue muy natural.

—Estoy tan feliz por ti, de verdad —dijo Carmen y de repente su voz se quebró.

—¿Carmen? ¿Sigues ahí?

—Sí —respondió entre sollozos—. Estoy aquí. Es que... me alegra tanto por ti.

Cuando la escuchó llorar, Sofía también se quebró. Se le llenaron los ojos de lágrimas y las dejó caer mientras se las limpiaba con la mano.

—Ahora mismo quisiera poder abrazarte —dijo.

—Entonces prepárate, que vuelo hasta allá —respondió Carmen mientras fingía ser una superheroína.

Las dos se rieron entre lágrimas.

—¿Y por qué lloras? ¿Te lastimó alguien?

Mientras hablaba, alzó una mano y le tocó la mejilla.

Carmen apartó bruscamente su mano.

—Estoy llorando por un hombre, ¿te queda claro?

Por un instante se le borró la sonrisa, aunque la recuperó rápido. Dejó la comida sobre la mesa y empezó a revisar la habitación como si buscara algo: abrió el armario, miró el baño, todo.

Cuando volvió al salón, Carmen ya estaba sentada como una reina mientras comía su cena sin apuro y lo miraba con desprecio.

Él entendió que lo engañó. Y se sintió ridículo.

Pero lo que más lo irritó fue lo convincente que sonó su mentira.

Molesto, se sentó frente a ella, le quitó una porción de comida y empezó a comer también, sin importarle su cara de pocos amigos.

La miró con descaro, con una sonrisa peligrosa.

—Si lo que quieres es que te atiendan bien —dijo con un tono provocador—, puedo hacerlo yo. Con la boca, con las manos, con lo que quieras. Prometo dejarte llorando y pidiéndome que pare. ¿Qué dices? ¿Te suena la idea?

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