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Él Eligió a Otra, Yo Elegí a Su Hermano romance Capítulo 576

Desesperada, Priya bebió varios sorbos de agua. Estaba fuera de sí.

—¡No puedo creer que sean vecinos! ¿Cómo puede Sofía, siendo solo una secretaria, vivir en Residencial Vista Dorada? ¡El apartamento más pequeño cuesta diez millones de dólares! ¿De dónde sacó tanto dinero? No, no, ese no es el punto… ¡el punto es que son vecinos! ¡Eso hace demasiado fácil que se enamoren! Estoy segura de que Sofía lo planeó. Si intenta seducir a Alejandro, ¿qué voy a hacer? ¿Y si terminan juntos?

Priya hablaba sin parar, soltaba lo primero que le venía a la mente.

Aun así, Serena la escuchaba, con esa serenidad que la caracterizaba; su cabello negro y liso, su aire de pureza y esa calma que la hacía una excelente confidente.

Priya la miró fijamente.

—Serena, si no hubieras venido a acompañarme, no sabría cómo podría quedarme en Puerto Azul.

De repente se desbordó de ira.

—¡Maldita sea, Sofía, ¿por qué no te mueres?! ¡No puedo más con ella! ¡Tiene que meterse justo con el hombre que me gusta!

La verdad era que desde la primera vez que Priya vio a Alejandro, se había enamorado de él.

Quería conquistarlo a toda costa. Ya había intentado de todo.

Incluso trató de ganarse a Pandora, pero la presencia de esa mujer era tan imponente que resultaba inalcanzable. Priya le tenía miedo.

La única forma de acercarse a Alejandro era a través de Carlos, pero su hermano solo sabía bajarle el ánimo y nunca la ayudaba con nada.

¡Maldita sea!

—¿Acaso voy a tener que ver cómo esa zorra se mete con Alejandro sin poder hacer nada? —refunfuñó, descontrolada—. Serena, no puedo soportarlo. Solo de imaginarlo me da rabia. No puedo aceptar que un hombre como Alejandro sea dulce con otra mujer. ¡No lo soporto!

Serena, al verla por fin vaciar toda su frustración, habló con calma.

—Tranquila. Son solo vecinos. No están juntos. No te hagas ideas.

Pero Priya seguía alterada.

—¡Pero ser vecinos es perfecto para que algo pase entre ellos!

Entonces se le ocurrió algo y, con los ojos bien abiertos, gritó.

—¿Y si Sofía se desviste y se le planta enfrente a Alejandro?

Si Serena pedía la luna, él encontraba la forma de dársela.

Incluso en este viaje a Puerto Azul, su padre le había enviado una secretaria, le compró una casa grande, un auto, le contrató una ama de llaves y hasta guardaespaldas.

Como era alérgica, la llamaba y le mandaba mensajes recordándole que no comiera mango. Priya se moría de envidia.

Sus propios padres la querían, sí, pero no tanto como el padre de Serena la mimaba a ella.

Y claro, Serena era hija única; no tenía hermanos que compitieran por la herencia. Algún día heredaría el grupo farmacéutico de su padre. Ella era una verdadera heredera.

Tener a una aliada así ponía de buen humor a Priya, que dijo entre dientes:

—Quiero que su empresa quiebre.

Serena le respondió, con una sonrisa tranquila:

—Qué coincidencia, yo también.

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