En cuanto Vanesa regresó a Villa Esplendor, el mayordomo se acercó a recibirla.
"Señora, el señor pide que le devuelva la llamada". El mayordomo transmitió las palabras de Fabio intactas.
Vanesa se quedó en silencio un momento, miró su celular y recién entonces se dio cuenta de que se había quedado sin batería.
¿Por qué la estaba llamando Fabio?
Vanesa recordó su encuentro previo con Giselle cuando terminó de recibir el suero.
Así que Giselle había ido a quejarse, ¿verdad?
Pensando en eso, Vanesa bajó la mirada y finalmente respondió: "Está bien, lo llamaré en un momento".
El mayordomo no dijo nada más y se retiró discretamente.
Para cuando Vanesa volvió a su habitación, ya eran las 10 de la noche.
Puso a cargar el celular y aparecieron innumerables llamadas perdidas, todas de Fabio.
Si Fabio no la estuviera engañando, habría pensado que estaba preocupado de que llegara tarde.
Pero ahora, Vanesa solo quería saber hasta qué punto Fabio podía llegar a ser tan despiadado en todo este asunto.
Se armó de valor y le devolvió la llamada a Fabio.
Antes de que Vanesa pudiera decir una palabra, la voz severa de Fabio resonó al otro lado: "Vanesa, te lo he dicho, no vuelvas a buscarla. Ahora está embarazada y no puede soportar ningún tipo de alteración".
Efectivamente, Giselle había ido a acusarla.
"¿Ella se quejó de mí?", preguntó Vanesa muy tranquila, con total serenidad.
"Giselle no es ese tipo de persona. Fueron los guardaespaldas quienes lo vieron". Fabio estaba completamente volcado en defender a Giselle. "Desde el principio hasta el final no ha dicho ni una sola palabra en tu contra, ni tampoco ha tenido jamás la intención de quitarte tu lugar como la señora Serrano. Eres tú quien ya la juzgó y condenó".
Vanesa simplemente escuchaba.
Así que, todo era culpa suya.
Esa Giselle que la provocaba y hacía lo que le daba la gana frente a ella.
Frente a Fabio era una mujer pequeña, inocente y agraviada.
Y ella se había convertido en la villana agresiva e irracional.
"Fabio", lo llamó Vanesa de repente por su nombre.
Se dio la vuelta, fue al vestidor y abrió su maleta.
En el vestidor, la ropa de ella y de Fabio estaba perfectamente ordenada.
Antes, Vanesa siempre se encargaba personalmente de organizar sus prendas; al verlas así, juntas, sentía que su matrimonio era un poco más real.
Pero ahora, todo era un autoengaño.
En silencio, guardó la ropa que usaba con frecuencia en su maleta.
Recién se daba cuenta de que, después de vivir siete años en la casa de los Serrano, lo único que podía llevarse consigo cabía en esa pequeña maleta de 24 pulgadas.
Al terminar de empacar, Vanesa sintió un poco de dolor en la espalda baja; al fin y al cabo, estaba embarazada.
Así que se sentó con mucho cuidado en la cama.
Colocó sus delgadas manos sobre su vientre y su voz se volvió muy tierna.
"Bebé, vas a portarte bien, ¿sí?", lo arrulló Vanesa.
Aunque sabía que en ese momento solo era un embrión, tenía claro que ese hijo ya era todo su sustento emocional.

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