Fabio soltó una carcajada lúgubre mientras arrastraba a Vanesa de vuelta hacia él.
Si minutos antes aún le quedaba un mínimo rastro de consideración,
ahora se había convertido en un monstruo despiadado.
Empujó con fuerza el rostro de Vanesa contra la almohada.
La almohada de plumas, que solía ser reconfortante, se transformó en un arma asfixiante.
—Mmm... —Los gritos de Vanesa quedaron silenciados; solo se escuchaban débiles quejidos ahogados.
Se resistió por puro instinto de supervivencia; no quería morir asfixiada.
Pero lo único que consiguió fue el castigo más implacable de Fabio.
Luchó con todas sus fuerzas, pero poco a poco, doblegada por la fuerza bruta del hombre, su cuerpo fue cediendo.
Mientras tanto, Fabio seguía escuchando a Giselle.
—Fabio, estaba pensando en qué ponerme mañana. Tengo miedo de que los paparazzi o mis fans se den cuenta de que estoy embarazada. ¿Me das tu opinión?
—¡Ah, cierto! Mañana usaré el juego de zafiros que me regalaste. Creo que quedará precioso con un vestido blanco.
Giselle, sin inmutarse por el silencio de Fabio, siguió parloteando con su voz empalagosa.
A través del altavoz, Vanesa podía escuchar perfectamente su tono delicado y sumiso.
Probablemente, a cualquier hombre le encantaría escuchar a una mujer hablar con tanta dulzura.
Al concentrarse en las palabras de Giselle, Vanesa se distrajo por un segundo.
Fabio lo notó de inmediato.
Su mirada se volvió aún más turbia y amenazante.
De pronto, agarró a Vanesa por el cabello y tiró de ella hacia arriba.
La fuerza desmedida le arrancó un grito de dolor.
Pero en un abrir y cerrar de ojos, su rostro fue aplastado de nuevo contra la almohada, ahogando cualquier sonido.
Era una tortura asfixiante, como si la arrastraran del cielo al mismísimo infierno en cuestión de segundos.
Al otro lado de la línea, Giselle se quedó en silencio.
Si antes no había notado nada extraño, ahora sí que había escuchado.
Era la voz de Vanesa.
Pero, incluso en una situación así, Giselle no montó una escena. Solo que su tono dulce dio paso al de una víctima herida.
—Fabio... ¿te estoy interrumpiendo? —preguntó Giselle, mordiéndose el labio, con la voz entrecortada.
Hasta que su sed de crueldad quedó saciada.
Solo entonces la soltó.
Vanesa trataba de recuperar el aliento a bocanadas, cuando Fabio la obligó a incorporarse, quedando sus rostros a centímetros de distancia.
—Vanesa, ¿lo hiciste a propósito? ¿Gritaste para que Gigi te escuchara? —la interrogó con dureza.
—Fabio, ¿acaso no te das cuenta de lo que acabas de hacerme? ¡Soy un ser humano, no una maldita máquina! —le espetó ella, con el rostro ardiendo de rabia.
¿Cómo alguien podía ser tan infame?
¿Cómo tenía el descaro de echarle a ella toda la culpa de sus propias brutalidades?
Aquellas palabras hicieron que Fabio la fulminara con la mirada.
—Cállate la boca —le advirtió furioso.
Claramente su orgullo herido se había transformado en ira.
Con sus dedos ásperos y fuertes, le agarró las delgadas muñecas.
Y, silabeando cada palabra, le lanzó una amenaza:
—Ella está en un estado delicado, así que deja de provocarla. Si algo le pasa, ya sabes muy bien a lo que te atienes, ¿me oíste?

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