Fabio, por puro instinto, volvió a agarrar a Vanesa.
Pero ella lo esquivó rápidamente.
De un solo paso, la imponente figura de Fabio acorraló a Vanesa por completo contra el rincón.
La miró desde su altura, y sus palabras destilaron crueldad.
"Te fuiste de la casa, ¿no fue solo para hacerte la difícil conmigo?", dijo Fabio con el rostro frío, apoyando una mano en la pared.
Vanesa apartó la mano de Fabio: "Piensas demasiado".
"Vanesa, te lo diré por última vez. Ya fue suficiente, vuelve conmigo. No te guardaré rencor por esto, ya te lo dije..." El tono de Fabio comenzaba a mostrar su impaciencia.
"No voy a volver", lo interrumpió Vanesa sin titubear, un rechazo tajante.
Fabio se quedó callado al instante.
Se limitó a clavar su mirada en Vanesa.
Esa versión de ella le resultaba totalmente desconocida.
Y poco a poco, iba agotando toda su paciencia.
Tenía los labios apretados en una fina línea, todos sus músculos tensos, cuando, justo en ese momento, su teléfono vibró.
Ambos vieron la pantalla; era una llamada de Giselle.
Fabio contestó sin dudarlo.
"Fabio, me siento un poco mal", dijo Giselle con voz dulce y débil. "¿Puedes venir a acompañarme? Tampoco tengo apetito, he estado vomitando sin parar, el bebé está muy inquieto. Tengo antojo de un caldo de res con fideos del Barrio Sur".
Vanesa y Fabio estaban tan cerca que ella pudo escucharlo con total claridad.
Casi en un segundo, Fabio la soltó, y su voz se volvió tierna: "Volveré en un rato y te llevaré tu caldo de res".
"Está bien, gracias", respondió Giselle. "Es que me siento muy culpable, me has acompañado tanto tiempo, ¿no vas a ir a ver a Vanesa? Me da miedo que se moleste, después de todo, ella es la señora Serrano".
Mientras lo decía, Giselle adoptó un tono de completo victimismo.
Vanesa apenas pudo contener las ganas de aplaudirle.
Incluso ella, escuchándola, sentía que era un monstruo que había maltratado a Giselle terriblemente.
Era evidente que la verdadera víctima era ella, pero todos le creerían únicamente a Giselle.
"¡No te aproveches de mi paciencia! Te estoy tolerando, deberías estar agradecida. ¡Con qué derecho te atreves a compararte con ella!", estalló contra Vanesa, cambiando su actitud.
Vanesa esbozó una burla silenciosa, apartó su mano de un golpe y se dirigió inexpresiva hacia el ascensor.
Fabio se quedó de pie en su lugar.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Vanesa bajó la mirada, inmersa en el silencio.
¿Se arrepentiría? No lo sabía.
Pero sí sabía que, en una relación tan retorcida, terminaría volviéndose loca.
Tenía que dejar a Fabio, dejar a la familia Serrano.
Ese pensamiento oprimía a Vanesa con una intensidad cada vez mayor.
Hasta el punto de dificultarle la respiración.
Cuando Vanesa regresó a su apartamento, se asomó a la ventana y justo vio cómo el auto de Fabio se alejaba a toda velocidad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ