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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 171

Vanesa mantuvo el rostro inexpresivo.

Sin embargo, pudo notar que Fabio reducía la intensidad.

Pero no por ternura, sino como una prolongación de su tormento, una lenta y tortuosa condena.

En la cama, nadie conocía a Vanesa mejor que Fabio.

Sabía exactamente cómo acorralarla paso a paso hasta dejarla sin salida.

Esa actitud dominante lo hacía parecer un monarca despiadado contemplando su posesión más preciada.

Penetraba hasta los huesos.

No fue sino hasta que Vanesa se quedó sin una gota de energía que Fabio la soltó.

En el instante en que la liberó, ella reunió las pocas fuerzas que le quedaban y le asestó una bofetada estruendosa en el rostro.

—¡Fabio, ojalá te murieras! —le gritó Vanesa, con la voz cargada de ira.

El rostro de Fabio se giró por el impacto y un hilo de sangre asomó por la comisura de sus labios.

Era evidente la fuerza desesperada que Vanesa había puesto en ese golpe.

—Vanesa, por más que me odies, tu único lugar es a mi lado —pronunció él, arrastrándola de nuevo al abismo con cada palabra—. A menos que yo me muera, ¿entiendes?

Luego, Fabio la soltó por completo.

Vanesa se desplomó sobre el colchón.

En sus ojos solo quedaban desesperación y resentimiento.

Un silencio sepulcral llenó la habitación, enrarecido aún por la sofocante atmósfera del momento anterior.

...

En un abrir y cerrar de ojos, pasó medio mes.

Vanesa y Fabio se habían hundido en una dinámica sumamente enfermiza.

La devoción ciega y absoluta que Vicente sentía por Fabio le impedía notar siquiera una pizca de la anormalidad que existía entre su hermana y su cuñado.

Vanesa, por su parte, no podía darse el lujo de alterar a Vicente, así que solo le quedaba aguantar.

Fabio manipulaba a la perfección esta debilidad de Vanesa.

La fachada de esposo amoroso frente a Vicente era como un veneno endulzado; un consuelo falso antes de la inevitable estocada.

—¿Qué haces? —preguntó Fabio, abrazando a Vanesa por la espalda.

Ella estaba en la cocina preparando una sopa para nutrir a Vicente, sin percatarse de que Fabio había llegado a casa.

Al sentir sus brazos alrededor, todos sus músculos se tensaron.

Fabio leía su mente a la perfección y no dudó en presionar aún más: —Amor, no puedes olvidarte de tu esposo ahora que tienes a tu hermanito aquí, ¿verdad?

Vicente soltó una tosecita tímida. —No te preocupes, cuñado, mi hermana te adora.

Fabio le dedicó una sonrisa a Vicente. —Tienes razón, la persona que más ama tu hermana en este mundo soy yo.

Una charla en apariencia trivial, pero cargada de una hostilidad latente; cada palabra era una provocación directa.

Vanesa, completamente acorralada, no podía siquiera moverse.

Mucho menos contradecirlo.

Vicente, intuyendo que tal vez estaba haciendo mal tercio, dio la vuelta en su silla de ruedas y se alejó por iniciativa propia.

Fabio no aflojó su agarre.

Esta vez, fue Vanesa quien lo apartó con brusquedad y lo miró sin rastro de emoción: —¿Te parece divertido, Fabio?

—Claro, muchísimo. Ver cómo mueres por rebelarte y no puedes... es de lo más divertido —se burló él.

Vanesa apoyó las manos cerca de la cazuela; por un segundo, tuvo el impulso de arrojarle la sopa hirviendo a la cara.

Pero logró contenerse.

Fabio se inclinó de pronto y, sin más, le robó un beso.

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