Resultaba que, en efecto, ese collar era un obsequio genuino de Fabio para Vanesa.
Aunque la forma en que lo consiguió había sido puramente accidental.
Ese día, cuando los representantes de la marca de joyería lo visitaron, el dibujo de un gato en el catálogo capturó la atención de Fabio.
No sabría explicar por qué, pero tal vez por la dinámica tan retorcida que vivía con Vanesa últimamente, le vino a la memoria la imagen de ella suplicándole poder adoptar un felino.
Y también recordó su tozudez en estos días; por mucho que la atormentara, se negaba a derramar una lágrima, se negaba a rendirse.
Por un instante, sintió un extraño impulso de mimarla, de calmar un poco las aguas.
Al fin y al cabo, ella llevaba dentro la mejor carta que él tenía a su favor.
No iba a arriesgar su propio comodín.
A medida que el embarazo avanzara, el bebé estaría más seguro.
Así que, sin darle muchas vueltas, Fabio indagó sobre el dije.
La marca le explicó que se trataba de un encargo hecho a la medida.
Él ordenó que lo elaboraran, y de ahí salió ese collar de diamantes.
Lo cierto es que, en siete años de estar casados, Vanesa nunca le había exigido ni un solo capricho.
Giselle era harina de otro costal.
Aunque no te lo pidiera directamente a la cara, usaba mil y un trucos para manipularte hasta que se lo concedieras.
Tal vez, empujado por un sentimiento de deuda, Fabio terminaba cediendo a sus antojos cada vez.
Giselle era sumamente orgullosa y casi siempre le exigía a Fabio que le entregara los regalos frente a otras personas.
Y Fabio siempre se prestaba al teatro.
Claro que Fabio no veía por qué tendría que explicarle todo esto a Vanesa.
Para él, ella solo había sido un instrumento, un amuleto de buena suerte que la familia Serrano había traído a casa para cambiar su fortuna.
Pero ahora que Vanesa se atrevía a reclamarle, su paciencia se esfumó por completo.
La poca amabilidad que había mostrado desapareció, dejando paso a su habitual tono hiriente.
Vanesa permaneció en un silencio absoluto.
—Si no veo ese collar puesto en tu cuello... ¿entiendes? Ya sabes a lo que te expones —la sentenció Fabio, en tono de amenaza.
Era como si pudiera leer a la perfección cada pensamiento y movimiento de Vanesa.
—Muy bien. Pero, ¿no te aterra que Giselle se entere de que me regalaste esto y encima me obligaste a no quitármelo? Le romperías el corazón, pobrecita —le soltó Vanesa, con el rostro impasible.


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